Excuse me, dear, pero ya James Bond se ha quedado bastante solo con su rollo de las champañas añejas de cosecha: si recuerdan, el preciosito se salió con el preciosismo de una botella de Bollinger Vintage 88 en Goldeneye. La mayoría de nosotros, con el euro como está, por lo general nos conformamos con espumanticos sabrosos: Y es que el vino ha dejado de ser un producto elitista y cada día hay más, mejor y de todo precio y estilo. Junto con esta democratización del vino ha venido el inevitable hecho de que, siendo las condiciones económicas lo que son, ya ni los bodegueros se pueden dar el lujo de amarrar activos en una bodega mientras las botellas duermen, ni los consumidores el de tener estas cavas enormísimas en que almacenar caja tras caja de vino. Si bien es cierto que cada día más hogares cuentan, por lo menos, con una refrigeradorcita especial para vinos, y muchas tienen cavas de modestas dimensiones, los productos que estas guardan por lo general tienden a ser más jóvenes.
A esto contribuyen tres factores: el económico mencionado anteriormente; el hecho de que el consumidor ha cambiado de gusto y prefiere los vinos más frutales (lo que en inglés se llama fruit-forward wines) y que, por más que la gente cacaree sobre cómo les gustan los vinos secos, liban vinos con un contenido de azúcar algo más altillo. Además, hay otra consideración muy sutil: el calentamiento global. Si bien a nosotros nos afecta menos que el termostato, en promedio, haya subido x cantidad de grados en x cantidad de años, en términos de viñedos, esto significa que la vid, al sentir calor más temprano, comienza a madurar más y al estar más madura la uva, por supuesto que ha de producir un mosto más dulce. Esto a su vez produce vinos con buqués expresivos, que –según la cepa– evocan aromas de mangos, piñas, melones y peras en el caso de los blancos, y de frutas rojas, compotas y especias en el caso de los tintos. Con un buqué tan complejo, un paso en boca seco se hace algo incongruente, en mi humilde opinión, y el paladar mismo exige un vino con una sensación más afrutada en el paladar. Y recordemos que el paladar, por sí mismo, solo siente cinco sabores: salado, dulce, ácido/amargo, picante y umami. Por tanto, a subir el dulce.