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Panamá, domingo 15 de abril de 2007
 
Columnas
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Cuadritos
 
En realidad, 300no es una película seria: es puro espectáculo, con diálogo troglodita, pero ¡qué espectáculo! 
 
ANA ALFARO 
mosaico@prensa.com 
 

Si me hablas de pellejo y cuadritos, naturalmente pienso en chicharrones de puerco. Mi BFF Michelle, no obstante, en el léxico de la adolescencia, se refiere a esos abdominales que en mi pubertad desprovista del castellano de la fisicultura conocía como washboard abs (pero solo de referencia, oh decepción) de que hace alarde el contingente espartano del rey Leonidas en la película 300.

Es la adaptación cinematográfica de una novela gráfica, y la fui a ver con dos otras viejas pellejas libidinosas y una pupila rápida de aprendizaje. Hago paréntesis: mi colega Daniel Domínguez me explica que un cómic es un guión corto, y una novela gráfica es un asunto un poco más extenso, con un guión más estructurado, igual que una novela, pero de dibujitos. “¿Algo así como la diferencia entre una novela y un cuento?”, pregunté. “Pues sí”. Lo que no es cómic es la taquilla de cinco semanas, del 9 marzo hasta el 6 abril: 196 millones de dólares en EU. Nada mal para las funestas idus de marzo. La novela escrita por Frank Miller en 1998, a su vez narra la batalla de las Termópilas (“puertas calientes”, paso casi obligado entre Tesalia y Locris, Grecia: ¿Barbarians at the gate?), cuyo principal cronista fue Heródoto. Jerjes, rey de Persia, se dispone a invadir Grecia, y el rey espartano Leonidas se le opone.

En el entonces, la civilización helénica estaba fragmentada en ciudades-estados, y Esparta era reconocida por su dedicación absoluta a la guerra. Ante la amenaza persa, los griegos “culitranquean” (la académica Berna de Burrell me dice que la palabra estrá en el nuevo Diccionario de Americanismos de la RAE), pero Leonidas, fiel a su estirpe, se opone a la pasividad de sus paisanos y decide cortar el paso al ejército invasor. Al final, el sacrificio de los arrojados espartanos le compró tiempo a la coalición griega para prepararse y ganar la guerra contra los persas en la batalla naval de Salamis. Según los cálculos de Heródoto, el choque bélico enfrentó a 300 espartanos y 700 voluntarios de la ciudad griega de Tespia contra –según Heródoto– dos millones y medio de persas. Los estimados modernos arrojan cifras entre 60 mil y 200 mil persas, “solamente”.

Termópilas ha pasado a la historia por tres razones de gran peso: es un ejemplo brillante del uso de la táctica, el entrenamiento marcial y el aprovechamiento del terreno; es sinónimo de un last stand, lucha a la muerte y parangón del heroísmo, y más importante aún, de no haber sido por Leonidas y sus 299 guerreros que bloquearon la incursión persa a Occidente, la civilización griega no hubiera florecido ni se hubiera dado el imperio romano ni Europa como la conocemos hoy.

Por supuesto, no es este un filme épico ni histórico, ni siquiera una adaptación de la novela gráfica, sino una transferencia de la misma a formato cinema. En el sitio web del Los Angeles Times (calendarlive.com) muestran, cuadro por cuadro, cuán fiel es el estilismo de la película a la estética de Miller. Esto lo logró el director Zack Snyder (Sin City) filmando a los actores frente a una pantalla verde e insertando la escenografía digitalmente, con el espectro cromático de sepias y ocres de Miller, en que se destacan los matices rubí y granate de capa espartana y sangre persa. Además, contrario a lo que se esperaría de una película enardecida por la digitalización, filmó en celuloide, para mayor control de la velocidad de la acción. Así vemos que hay momentos en que la película se ralentiza hasta el punto de parecer los cuadritos de la novela gráfica, con chorros de sangre carmesí, de dos metros de ancho, en ciclópeo primer plano.

En realidad, no es una película seria: es puro espectáculo, con diálogo troglodita, pero ¡qué espectáculo! De seguro, el homenaje homoerótico pasará a ícono de culto gay, no sin antes servir de solaz a algunas doñas libidinosas. También le sirvió a esta doña libidinosa en particular para percatarse de las hipocresías que albergamos en nuestro seno: Hablamos de esclarecimiento, democracia y derechos humanos, pero la sangre nos divierte. Tachamos de atroz el espectáculo romano del circo máximo, donde César, con Cesarín sentado a su diestra, enseñaba a matar o perdonar con un giro del pulgar, pero nuestros propios cesarines desarrollan la conexión entre sus centros neurológicos de violencia y sus pulgares mortales a punta de Nintendo y Game Box o como se llamen. Y es que, desde los inolvidables film clips de la Guerra del Golfo, tomados desde la nariz de los bombarderos en tiempo real, hemos vuelto a ver la matanza como espectáculo. Protegidos del fétido horror de la destrucción por la telemetría e inmunizados por Quentin Tarentino y Oliver Stone, creemos que la guerra se prende y apaga, simplemente, con el pulgar en el control remoto.

 

 



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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