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Panamá, domingo 18 de marzo de 2007
 
COLUMNAS
LINGUA
El escapismo como panacea
 
No soy nadie para juzgar ni 'rankear' el escapismo favorito de cada uno: cada cual tiene las neurosis -y escapes- que necesita. 
 
ANA ALFARO 
mosaico@prensa.com 
 
Desde chiquita he tenido tendencia escapista. Así fue que aprendí inglés: como resultado de mis escapes semanales del estopor escolar. Verás. Todos los jueves, mis padres me llevaban a la biblioteca de Balboa, donde sacaba hasta ocho libros por semana que con gusto devoraba, en detrimento de textos escolares y notas bimestrales. Es más, tengo tan, pero tan desarrollado este cuento del escapismo, que me sirve como un barómetro. Leer, por ejemplo, ensayos de filosofía, significa que ando regia de ánimos; al otro lado de la escala intelectual y emocional, la más profunda depresión me lleva directo al Cartoon Network. Y una mirada a mi patética existencia me hace apuntar el control remoto a Warner Brothers, donde le aprecio las nalguitas a Clark Kent ("Smallville"). Esto por lo general sucede justo después de leer el periódico con mi café mañanero, no por la admirable labor de mis colegas, sino por las cochinadas de la clase política y, hay que reconocerlo, económica.

El escape (latín ex, fuera; cappa, capa) no tiene precio, por más efímera que resulte la panacea (griego, panakeia, de pan- todo; akos, remedio: cura para todos los males o dificultades). Y ¡qué adeptos somos los panameños en el rollo del escape! Cuando un tipo no puede con la situación familiar que ha creado él mismo, en vez de resolverla, se va y se levanta a la primera tipa que encuentra, la pobre siempre esperanzada de que éste no sea tan atroz como el anterior, y comienza a hacerle más hijos a esta ilusa number two (or five, or seven). Por supuesto, que el opio de los pobres, alias la religión organizada, les dice que si aguantan en esta tierra se van al cielo (yeah, right). Y así hay legiones de mujeres que se convierten en codependientes de maridos abusadores, siempre con la esperanza de que se van al cielo, porque el único rol que se conocen las pobres es el de víctima. Y van y tratan de escapar, rezando novenarios ante santos indiferentes.

Pero no soy nadie para juzgar ni "rankear" el escapismo favorito de cada uno: cada cual tiene las neurosis -y escapes- que necesita. Por ejemplo, el avestruz que mete la cabeza en el hueco, no es que sea tan estúpido que no se percata de que deja el cuerpo entero vulnerable: lo hace para protegerse los ojos de las ventiscas que traen arenas, piedras y otras cosas que le pueden hacer daño. Al fin y al cabo, ¿qué tan distinta es la ilusión de la esperanza? Yo, cuando miro hacia abajo y la barriga me tapa la vista del "inframundo", pongo Dancing with the Stars y me imagino que aún tengo la flexibilidad de Lisa Rinna. Una mirada a mi chequera (que es casi igual que tocar fondo depresivo) me puede llevar a las cómicas de Ricky Ricón, y cuando como en un restaurante de esos totalmente asquerosos, pongo Iron Chef o Iron Chef America, y me imagino un tsunami, así como el famoso grabado de la gran ola de Hokusai, que se come la bahía y se lleva a los peores restaurantes del patio, porque ya que está en mi cabeza, la hago selectiva. Y si la frustración ha sido fulminante, hago que la ola también se lleve a algunos de los bodrios de propiedad horizontal que no solamente revientan el mercurio (¿se han dado cuenta de cómo está subiendo la temperatura en esta ciudad?). Un encuentro con un diablo rojo me lleva la manita al último DVD de James Bond (uy, el Daniel Craig está apetecible) o sino, de Harry Potter, donde imagino que el control remoto se convierte en varita mágica. Acabo de fijarme que aquí parece haber un tema recurrente de venganza, aunque prefiero pensar en el contexto de justicia social.

Por ejemplo, verle la cara de zoquete a George W. Bush inmediatamente me hace sacar "Una nueva esperanza", el episodio VI de La guerra de las galaxias; porque imperio es imperio tanto en tres dimensiones como en celuloide, y cuando leo sobre las bellezas de los diputarados, busco inmediatamente a Cantinflas, ese Mario Moreno que desde la tumba nos reconforta con su lógica de a pie.

La diferencia entre los soñadores y los hacedores es que los más sueñan, pero esperan que otro -el vecino, la mamá, el estado paternalista o algún dios- les resuelva sus problemas y se encargue de ellos. Los menos, agarran la sartén por el mango y resuelven sus propios problemas. Pero todos soñamos con pajaritos preñados: los unos en la iglesia, los otros en el cine, los otros en cama, con los ojos abiertos. Mis pajaritos preñados favoritos, mientras tanto, siguen siendo los pollitos tiernos, bien sea en la pantalla o en la sartén, preñaditos a punta de prosciutto con higos.

 

 



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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