Acabo de regresar de una pausa soñada: lectura en hamaca, brisas que acarician palmeras y frutales en los patios; serenos cielos azules, playas blancas coralinas, aguas turquesa, noches apacibles, comida, canto y baile de pueblo de otra carnadura. Happyville, así llamé al poblado y alrededores que abarcan tres provincias y sus cabeceras de envidiable idilio. Al contarlo me dicen que estoy enamorada, que el novio era oriundo de ese lugar. Sí, sucumbí al encanto de la tierra, de la creación y de lo que el ser humano es capaz cuando vive inmune a la liviandad, a la corrupción, a la codicia. La mayor impresión fue el decoro, lo prolijo de sus habitantes, calles, patios y antejardines limpios, sin un papel, hojarasca ni basura desbordante y canes rapando bolsas de desperdicios. En Happyville sólo tienen un camión recolector que pasa dos veces por semana. Brilló por su ausencia el montón de objetos inútiles, autos a medio desguasar y muebles desvencijados en arrumes, a la espera de mejor destino. "Somos pobres, pero no pasamos hambre", me confesó una sencilla mujer que me dio varias recetas del lugar. La pobreza de espíritu nos priva del valor del desprendimiento.
La nomenclatura de cada calle en pequeños postes a la altura de la vista y pintura intacta, también dan paz. Los postes de la luz del pequeño parque de Happyville, donde a las 6:30 de la tarde concurren los mayores al palique, niños y adolescentes se refrescan en escaños alrededor de una glorieta lista para una retreta. Dormí con puertas, ventanas y maletas abiertas. La brisa entraba y salía ventilando alma y cerebro. Descansé de vigilantes, porteros, patrullas, candados, rejas, alarmas paranoicas que se activan solas y me quité el peso de la cartera contra el pecho. Recobré la virtud de responder el amable saludo obligado de la gente que descansa en las maría-palitos, en los andenes, en las casitas de las veredas; a los viandantes y a los que conducen lentos. La marcha obliga a mantener el rostro y la mirada en alto.
En la primera luna llena de 2007, justo a la 1:00 de la mañana, en una infinita playa, dormían 25 lanchas de pescadores con sus respectivos motores fuera de borda a la espera de la marea para salir de pesca, a salvo del más vivo. Igual que en esta playa, en pequeños puertos sin vigilancia, despiertan las lanchas con redes, aparejos y motores intactos. Los pescadores dejan las playas como Dios las trajo al mundo, sin restos de pesca. La pesca con arpones, trasmallos, dinamita, está prohibida. Se permite el anzuelo que extrae peces de especies nativas insospechadas y conserva los cardúmenes jóvenes. La mayoría de la pesca es de exportación diaria y lo que queda, que llaman "revoltura", lo mejor de la pesca, es la comida del lugareño: peces de tamaño mediano, el mero que los norteamericanos no compran, la exquisita raya y pequeños peces que por fortuna y gracias a las preferencias del país del norte pude saborear. No existe el pescador que más viole las leyes de conservación del ecosistema, so pena de quedarse sin sustento. Igual la pesca deportiva es próspera y respetuosa. Los langostinos que a diario me comí son desarrollados, pero jóvenes, transparentes, de incipientes barbas. Comí longorones, ostras, ostiones, almejas, langostas de río, de sabor puro, de los esteros de los milenarios manglares limpios hasta el asombro. Ríos y riachuelos de serpentina permiten que se disfrute de un agua cristalina que sabe a líquido primigenio que hace placentero el baño y el lavado de la ropa.
Aunque las leyes de tenencia a término de las tierras del Estado son estrictas, no falta el señor feudal que con retroexcavadoras robe espacio a los manglares, siembre palmeras y a precio de oro venda a los europeos extensiones de este paraíso, donde todavía existen las salinas productivas desde tiempos prehispánicos, con sus métodos originales de piscinas para la explotación de la flor de sal, apetecida en el mundo hoy día, el retorno a la sal moneda.
En las playas y pequeñas islas, parques de conservación, vemos vallas en pie que prohíben al visitante llevar consigo material vivo o muerto; corales, caracoles. No vi envases de metal, vidrio o plástico acumulados en las arenas; tampoco restos desechables, bolsas de compras. Pero sí los románticos desechos marinos que trae la marea: añejos troncos, rastros de naufragios, semillas que viajan continentes, ojos de buey por cientos e infinidad de caracuchas que producen música de móvil de cristal con el vaivén de las olas.
Todavía existen los cestos tejidos, de varios tamaños, donde acarrean desde los hijos, el mercado y la recolección en las zafras. Tejidos en palma, cañas varias, bejuco o majagua. El uso del sombrero es sagrado -casi obligatorio-, aunque de repente en las tiendas vemos la sarta de cachuchas bacanas y las cutarras, deliciosas para calzar y andar. Los campesinos viven orgullosos de su música. En jardines y jorones se liba cerveza, ron de caña y se oye música en rocola. Por ser una región agrícola, ganadera, pesquera y llena de recursos naturales, se difunde y mantienen vivas las tradiciones.
Proporcional al reducido tamaño del reino de Happyville, celebran muchas fiestas. En los corregimientos y municipios -muy cerca del otro y comunicados por buenos caminos principales-, abundan las festividades los fines de semana. Vaqueros, agricultores y demás trabajadores del agro celebran la "junta" u organizan la fiesta, solaz y ocasión de mercadeo. En minúsculas corralejas y mangas de coleo los finqueros se relacionan con las cuadrillas que despliegan sus artes de la hierra. Cierran negocios en medio de música, manifestaciones tradicionales, competencia de imitación de ladridos de perros o salomas que entonan al son de la mejorana, una pequeña guitarra de cuatro cuerdas. Hay venta de abundante y sabrosa comida vernácula. Los lugareños exaltan sus fiestas. Se aseguran de que la concurrencia corresponda asistiendo a la próxima festividad.
Los grupos musicales que interpretan aires, instrumentos y géneros únicos se citan puntuales y esperan su participación, mientras se baila con frenesí desde que empieza la fiesta pasado el mediodía hasta el amanecer. Pueblo que baila y canta es pueblo sano.
Alimento para el espíritu fue también la arquitectura del paisaje: las cercas vivas e intactas de mata ratón con sus flores rosa estuvieron en pie a lo largo de los cientos de kilómetros que recorrí con un solo peaje. Semejaba el paisaje de cuentos infantiles con aterciopeladas colinas, maizales ordenados, rojas extensiones de sorgo, cañaduzales, arrozales, pequeños hatos de vacas paciendo serenos aquí y el mar. allá, con el sosiego que acompaña durante el recorrido. Los jardines con vegetación natural, heliconias e inmensos papos, hibiscos o cayenas de decenas de colores adornan hasta la más humilde casa, muchas de adobe, techos de paja y tejas, todas con portal, media agua, frescos de estampas bucólicas y arabescos en vigas y paredes.
Happyville, es Pedasí. En la península de Azuero, donde un misterioso sacristán -o quizá el párroco que no pude conocer-, tañe las campanas a ritmo de Tito Puente, batintín de timbales con los cobres. Al final de la tonada anuncian la misa los toques tradicionales. El hecho de sangre de los últimos tiempos fue la muerte de un burro "a manos" de un bus en la carretera. Hay tres policías sin oficio y uno de ellos vende güisqui de contrabando. En Happyville también existen seres de otra condición; roban impuestos, salud y educación.
Finalizando el año, en una región del otro océano, en menos de 15 días tres poblados indígenas de la misma etnia fueron arrasados con fuego hasta los cimientos. La rápida y exhaustiva investigación concluye que la masacre es retaliación de narcotraficantes colombianos que cobran a los nativos los "paquetes" de droga perdidos que arrojan desde el aire, desde lanchas rápidas y flotan en las playas, se incrustan en los sembrados. Igual sucedió hace más de un año en Cartagena de Indias, en el Caribe colombiano; de la noche a la mañana el poblado de Bocachica resultó con televisores de plasma, lujosos equipos de sonido y mejoras en los ranchos gracias a las caletas flotantes. Por fortuna no hubo castigo a la ley del silencio.