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Reportaje especial
Panamá, viernes 16 de diciembre de 2005
 

sistema.

Poderes en contubernio

Richard Morales

Vivimos en una sociedad que no responde a las necesidades, deseos ni voluntades de sus grandes mayorías. Vivimos bajo un sistema que obstaculiza casi toda forma de participación e inclusión del pueblo, permitiendo así que el poder decisivo verdadero se mantenga concentrado en un sector pequeño, pero dominante. Se nos incrusta en la cabeza las virtudes del mercado libre, vendiéndolo como un supuesto equivalente a la libertad humana, y cómo los gobiernos y el Estado no son más que una cuna de corrupción que atenta contra los derechos y la prosperidad del hombre. Se nos pretende imponer, a punta de propaganda desde el día que nacemos, que la humanidad ha llegado al fin de su evolución social, y que el capitalismo no es solo la culminación de la historia, sino que es lo mejor y lo único que posiblemente puede existir.

Democracia, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no existe en ninguna forma hoy en Panamá o el mundo. Lo que llamamos democracia no es más que una fachada manejada por políticos corruptos profesionales que sirven de agentes del sector dominante. Los partidos políticos son el vehículo que se usa para mantener controlados, sumisos y serviles a todo el que desee participar en la política, dejando claro que toda persona que desee postularse es un esclavo de los intereses económicos y políticos que controlan y pagan por el partido. Se nos intenta engañar para que creamos que nuestra participación importa, mediante una especie de ritual laico que se repite cada cinco años, haciendo ver que la democracia sólo existe en este período, en el cual votamos cuál de los vendidos políticos que no se diferencian en nada será nuestro presidente.

¿Qué posible diferencia puede haber cuando todos los candidatos y partidos pertenecen y están al servicio del mismo grupo cerrado de intereses que explotan al país? Los norteamericanos idearon la actual democracia, no para el beneficio de los pueblos, sino para proteger los intereses de la clase terrateniente, asegurándose que las masas no compartieran el poder, o como ellos le llamaron, la tiranía de las masas.

¿Y qué hay del famoso mercado libre?, el que se nos quiere vender como si este fuera alguna especie de mecanismo o cuerpo orgánico armonioso libre de intervención humana que como si por arte de magia pudiera complacer y beneficiar a la sociedad en pleno.

Pero no es ningún órgano armonioso ni mucho menos está libre de manipulación humana; las empresas privadas tienen nombre y apellido; tienen dueños, tienen quien las dirige, y quienes por medio de su poder económico colectivo determinan el rumbo y la vida de las comunidades y naciones.

Estas personas, no el nunca existente mercado libre y su mano invisible, son quienes dirigen la sociedad en contubernio con su agente a sueldo, el gobierno.

Los intereses creados entre el sector privado y público obstaculizan toda especie de verdadero diálogo o progreso democrático, ya que en su afán de proteger su poder, defienden hasta el final el sistema injusto y desigual que los privilegia. El resultado de esta nefasta distribución de poder es la pobreza, marginación, apatía, indiferencia, desarrollo desigual y destrucción de la vocación ciudadana.

El problema está, y siempre ha estado en quienes ejercen el poder. El poder no debe estar concentrado en séquitos políticos cerrados ni en sectores económicos dominantes, sino distribuido equitativamente en toda la sociedad y ejercido por esta democráticamente. Una verdadera democracia en lo político, social y económico, esa es la evolución que la humanidad nos exige.

El autor es economista político

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