Panamá, martes 3 de mayo de 2005
 
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libre albedrío.

El hombre necio

Enrique A. Alemán Arias
alemafer@psi.net.pa

Hace pocos años murió un reconocido científico astrofísico, llamado Carl Sagan, autor de varios libros, entre ellos Cosmos, en el cual con extraordinaria capacidad mostraba en forma sencilla y comprensible para todos, el asombroso mundo de la astronomía con sus secretos insondables. Había leído de él cuanto hubiera llegado a mis manos. Poco antes de morir, después de una larga enfermedad, escribió un artículo en el cual, aunque respetuoso de quienes creían en una vida más allá, él se reconocía agnóstico y no esperaba nada después de su muerte; estaba tan lleno de humilde asombro ante la grandeza del universo, a cuyo estudio había dedicado su vida, que decía que para él era suficiente consuelo el saber que parte de sus átomos y moléculas iban a seguir formando parte de ese maravillo cosmos. Admiro su capacidad contemplativa, respeto su decisión agnóstica y agradezco su compartir científico. Dentro de él se presentó esa angustia existencial que todos los hombres llevamos impresa en nuestra naturaleza. La razón y la ciencia mostraron su límite y sólo le pudieron brindar al final de su vida una respuesta infinitamente limitada.

Dentro de cada hombre hay una necesidad de buscar y encontrar la felicidad. "¿Quién soy?, ¿de donde vengo y a dónde voy?, ¿porqué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida? De la respuesta que se dé a tales preguntas, dependerá la orientación que le demos a nuestra existencia". Desde hace algo más de cinco siglos nuestra cultura occidental nos ha regalado pensadores, algunos de impresionante talla intelectual y otros de una mediocridad coqueta con la locura, que han ido permeando a la sociedad moderna en el racionalismo y cientificismo (positivismo), que a su vez también ha desembocado en un fundamentalismo del pragmatismo y utilitarismo. En estas corrientes todo es relativo, no hay verdades absolutas, todo es asunto de opinión. "Esta crítica racionalista, consiste en negar todo conocimiento que no sea fruto de las capacidades naturales de la razón". Y hablo de fundamentalismo, porque esta forma de concebir la vida, de buscar la verdad, por lo tanto la felicidad, ha ido forjando un ambiente de intolerancia hacia verdades trascendentales, valores absolutos, hacia otras vías y posibilidades de buscar y descubrir la verdad. Erigir el raciocinio y rigor científico como las únicas y auténticas vías de descubrir la verdad de las cosas y de la vida, es cerrar puertas, es evitar darnos la oportunidad de desarrollar otros potenciales dentro y fuera de nosotros, que también nos ayuden, fundamentándose y dándole todo el valor que tiene la razón y la ciencia, a catapultarnos hacia vivencias insospechadas y de una claridad tan impresionante una vez que empiezan a vivirse, que luego nos preguntaremos cómo fue posible tanta obcecación. Como médico, científico y que todos los días tengo que convivir con la enfermedad, con el dolor, con las angustias del ser humano, estoy convencido de que el principal mal que tenemos todos los científicos y por qué no, toda la humanidad, es nuestra soberbia. Aún en la realidad de la ciencia médica, muchas "verdades científicas y corroboradas", que han sido practicadas y defendidas por décadas han caído en lo obsoleto. He visto equivocarse muchísimas veces a la ciencia y a la razón. Definitivamente tenemos la posibilidad de decidir que la razón y las ciencias empíricas son las únicas vías de descubrir la verdad. Pero eso no quiere decir que estemos en lo correcto siempre. La razón y la ciencia son instrumentos sumamente efectivos y necesarios en la búsqueda de la verdad. Pero quedarnos sólo con ellas es alcanzar la prepotente y falsa sabiduría del hombre necio, conforme con disfrutar de la libertad de un espacio cerrado sin horizonte, para quien no existe más que la razón y las verdades científicamente corroboradas, aunque ellas no expliquen todo y muchas veces no den respuestas a los interrogantes más inquietantes e importantes del hombre. La misma razón nos dice que debe o al menos puede haber algo más allá de nuestras realidades bioquímicas y evolutivas y que cuando humildemente nos adentramos en el misterio encontramos vivencias que nos permiten remontar la libertad de un espacio sin horizontes.

La razón no puede demostrarnos que no existe un Creador y que por lo tanto no somos más que una casualidad de la evolución. La razón no puede demostrarnos que toda verdad termina en la razón y que sólo ella nos puede obsequiar a los hombres la plenitud de nuestro ser. La razón y la ciencia son unos extraordinarios, valiosos y necesarios instrumentos en la búsqueda de la verdad, pero encuentran sólo su plenitud cuando se abren humildes a lo trascendente. La verdad y la libertad no se pueden realizar en su plenitud en las opciones contra Dios. Es nuestra libre opción quedarnos encasillados en las corrientes laicistas, agnósticas y relativistas de moda y creernos por ello nuevos ilustrados. Bienvenidos sean la razón, bienvenida sea la ciencia, pero no cerremos nuestros horizontes, no neguemos y queramos negar a otros, tachándolos de medievales, retrógrados, obtusos, débiles de mente, el ofrecer y dar la oportunidad de vivir otras formas de descubrir la verdad, la libertad y la felicidad.

Millones de personas, unos con inteligencias privilegiadas y otros con inteligencia común, pero hombres y mujeres al fin y al cabo, con sus propias ilusiones e inquietudes, dan prueba de las riquezas y libertad que la razón y el salto de la fe, complementándose, han dado a sus vidas particulares. Con científica y razonable humildad respetémoslas. "Gracias a la inteligencia se nos da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar aguas profundas". Al fin y al cabo, el objeto de estudio tanto de la filosofía (la razón) como de la teología (la razón con la fe) es el fin último de la existencia personal: la búsqueda y encuentro de la felicidad.

El autor es médico

Además en opinión

Migración: ¡ojo al Cristo!: Federico Capella C.
El hombre necio: Enrique A. Alemán Arias
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Mes de la Biblia: Arturo E. Ulloa D.




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