Panamá, domingo 10 de abril de 2005
 
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PERIODISMO.

Editoriales, opiniones y noticias

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Sin demeritar la importancia de la crónica y el reportaje, los periódicos basan su prestigio y credibilidad en los editoriales o columnas de opinión y en los escritos noticiosos. Los primeros son testimoniales y ensayísticos; los segundos brotan de la realidad externa y requieren un mínimo análisis interpretativo.

La opinión editorial es un haz luminoso que desvela la esencia misma del medio periodístico o del columnista; la noticia es un fenómeno rutinario vinculado al morbo de la información. La combinación de ambos estilos es vital para alcanzar dos derechos ciudadanos fundamentales y complementarios entre sí, arduamente conquistados por los países civilizados mediante luchas intestinas, la libertad de expresión y el derecho a estar bien informado.

En ambos niveles, el editorial y el noticioso, la función del periódico es educar, entendiendo por educación el acto público de dar herramientas que propicien el progreso social, cultural o económico de la sociedad, disipen las lagañas del pensamiento y aminoren las arbitrariedades e injusticias. De ahí que un periodista o columnista, en términos editoriales, no salga a preguntarle a la gente qué quiere leer o debatir.

Las personas que pretenden orientar a la opinión, o formarla, lo único que pueden transmitir son sus conocimientos, su experiencia, sus intuiciones y sus fortalezas éticas. El acto de escribir es muchas veces doloroso, reflejando una angustiosa catarsis, que primero libera al autor de pequeñas o grandes mortificaciones o ansiedades y después se plasma, en la forma intrascendente de un papel desechable, ante los ojos del lector, un ser desconocido y extraño en cuyas manos el esfuerzo intelectual de otro se asimila, refuta o desdeña.

Aun cuando el Premio Nobel de Literatura Albert Camus hubiera definido al periodismo como el oficio más bello e influyente del mundo, este trabajo está marcado por la voracidad informática y por el vértigo noticioso de cada día, esos días que uno tras otro son la vida misma.

Resulta imprescindible que el rol educativo del periódico se ejerza a través de la verdad, o al menos en plausible aproximación a ella, para que el destino humano sea más honorable.

Los temas, notablemente imperecederos, de la injusticia, el abuso del poder, la corrupción, la delincuencia y la iniquidad social, todos generadores de frustración, violencia y miseria, constituyen el pan nuestro de cada día en la vida de un periodista o columnista. Nuestra genuina misión es tratar de disecarlos, exponerlos al sol, para que la conciencia ciudadana aprenda de la realidad e intente modificarla.

Pero la "verdad", en el contexto de la historia y de la razón, es un asunto usualmente indescifrable. Esa supuesta verdad la escriben los victoriosos, independientemente de si los métodos para bordarla sean inmorales o espurios. Hace mil años comenzaron las Cruzadas para reconquistar a Jerusalén, y en nombre de la fe cristiana fueron acuchillados miles de "infieles".

Hace quinientos años, las creencias y codicias de los conquistadores produjeron en América Latina la muerte y humillación de los pueblos nativos, cuyos únicos pecados eran el analfabetismo y la adoración de la naturaleza, dos defectos que se resuelven con paciencia, docencia y amor al prójimo. En el pasado siglo, el más violento de todos, tres facetas del pernicioso poder, fascismo, nazismo y comunismo, provocaron la muerte de doscientos millones de seres inermes, bajo la supuesta obsesión de encontrar la ruta hacia una mejor humanidad. En el milenio actual, prosiguen su torpe y titubeante andar, la democracia y el capitalismo, en cuyas entrañas merodean los poderes económicos, las burocracias partidistas y los gérmenes de la intolerancia, todo lo cual nubla el horizonte de una transparente e íntegra libertad de prensa.

En medio de todos estos factores circundantes, cristalinos o clandestinos, que influyen en la génesis de editoriales y noticias, es inevitable que surjan dudas sobre el porvenir de la libertad de expresión. Los peligros quizás ya no provengan de fanatismos ideológicos y metafísicos. Son los becerros del capitalismo y sus títeres impuestos en el mando, expertos en deslumbrar, engañar y tasar los precios de la conciencia, los que estarán al acecho de la palabra libre para intentar doblegarla y hacerla escarmentar, para pisotearla y despreciarla, como siempre han hecho cuando ella ha querido ponerle límites a la codicia de quienes se creen predestinados para ostentar poder o manipular la colectividad a su conveniencia.

Siento admiración de los escritores transparentes, poseedores de genuino y coherente discurso.

Siento repugnancia cuando leo a periodistas pusilánimes y columnistas aduladores cuyas tintas son esclavas de ocultos intereses e imperceptibles mandatos. Hoy más que nunca, nuestras plumas deben erguirse para evitar ser alcanzadas por el estiércol manipulador y afincarse con hidalguía en el territorio de la honestidad y decencia, por más que proliferen enemigos por doquier. "Ante la adversidad, sólo los cobardes se amilanan".

El autor es médico pediatra e infectólogo


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