Panamá, domingo 10 de abril de 2005
 
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Cartas desde Europa.

Perspectiva

Papa hasta en la sopa

Camilo José Cela Conde

La muerte de Juan Pablo II ha ido seguida de un despliegue informático exhaustivo en el que no se han dejado de airear hasta los menores detalles de la vida de quien fue cardenal Wojtyla antes que Papa. Los numerosos elogios y las tímidas críticas -algunas de las cuales con la firma de teólogos de tanto prestigio como el suizo Hans Küng, opuesto a la doctrina oficial de la infalibilidad del santo pontífice- han copado los minutos y hasta las horas de la televisión y la radio, las páginas de los periódicos y el espacio virtual de Internet. A principios de la semana daba la impresión de que no sucedía nada en el planeta que no estuviese relacionado de forma estrecha con la desaparición del papa anciano. ¿A qué viene ese fenómeno? ¿Es el resultado de una atención informativa que se ve justificada por lo que supone la figura del jefe de la Iglesia católica o ha supuesto un episodio más de la sacralización de los ídolos mediáticos?

De acuerdo con las cifras contenidas en el Anuario Vaticano que se hizo público en febrero de 2004, durante la dirección de Ioannes Paulus PP II, que es como se llamaba de forma oficial el papa desaparecido, la Iglesia católica pasó de contar con 757 millones de personas que se declaraban en 1978 seguidoras de esa fe a reunir hasta 1,071 millones, distribuidos por todos los continentes del planeta. En términos comparativos a los musulmanes se les concede entre 600 y 1.500 millones, dependiendo de las fuentes; un número en cualquier caso de un orden parecido. Los budistas son menos: andarán entre los 250 y los 500 millones y, respecto de los ateos -que yo sepa- no existen estadísticas fiables. Las cifras de creyentes no lo son todo, sin embargo; ningún credo cuenta con el poder mediático y la organización de los católicos, ni tampoco existe algo comparable entre los agnósticos. Pero atribuir la cobertura de la muerte de Juan Pablo II a una operación diseñada desde el Vaticano sería en verdad tan excesivo como absurdo. Los tentáculos de la Iglesia católica no llegan tan lejos.

¿A santo de qué, entonces, la presencia exclusiva y hasta obsesiva del papa en el mundo informativo? Dudo que pueda atribuirse a virtudes como la piedad o la fe y desde luego tiene muy poco que ver con la caridad. De hecho el espectáculo de mostrar a un anciano agonizante, reducido apenas a un soplo de vida, ha sido de una crueldad y un morbo innecesarios. Hiciera lo que hiciese a lo largo de su vida como sacerdote primero, obispo luego y papa al fin, se merecía un respeto mayor en su hora última. Si los fervores que rozan la histeria no son nunca aconsejables, menos aún deberían serlo cuando anda por medio el líder espiritual de mil millones de ciudadanos.

Pero son los no católicos los que han cargado con la peor parte de la escenificación de la muerte papal. Incluso la televisión pública española ha cruzado, a mi entender, la frontera que va desde el interés informativo al fervor confesional. Tal vez el Gobierno español quisiese evitar cualquier sospecha de estar torpedeando la cobertura del momento. En cualquier caso, los no católicos habrían preferido a ciencia cierta más variedad. De hecho, lo hicieron. De las tres cadenas principales de España la que dio una cobertura prudente a la muerte de Juan Pablo II y luego pasó a otras cosas se hizo con la mayoría de la audiencia frente a las otras dos, obsesionadas con Roma. Los fenómenos mediáticos incluyen también estas cosas.

El autor es escritor y periodista


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