Panamá, domingo 27 de febrero de 2005
 
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LA DIVINA GARBO
 
Cuatro veces nominada al Premio Oscar, la sueca formó parte del sistema de estrellas de Hollywood, una condición que le permitía ser más importante que el resto del equipo humano que hacía posible una película. 
 
DANIEL DOMINGUEZ Z. 
ddomingu@prensa.com 
 

Magnetismo. La hermosa e inalcanzable Greta Garbo.

En el cine, y en la vida, Greta Garbo sonreía poco. Era la mujer de hielo que no toleraba a muchas personas. La heroína entre distante y vulnerable que el espectador no sabía si odiar o proteger.

Fue descubierta la Garbo por el director Mauritz Stiller, uno de los todopoderosos del séptimo arte sueco, y fue quien la llevó a Estados Unidos a pesar de que el productor Louis B. Mayer pensaba que solo se trataba de otra actriz gorda.

Stiller y Greta desembarcaron en Nueva York en julio de 1925. Él no terminó de despegar y de ella brotó tanta luz que más de uno quedó sin visión.

Los historiadores recuerdan a la Garbo como una artista magnética y misteriosa a la vez. Un ser sensual y cándido, a la par de que la definían como fascinante y cautivadora.

Greta Garbo llegó a ser la mimada de la Metro Goldwyn Mayer y este estudio le ponía los mejores directores y le ofrecía las historias más interesantes.

Tenía tanto poder la Garbo que exigió que su amante John Gilbert reemplazara en el elenco de Queen Christina a Laurence Olivier. Su vena comercial era tan grande que fue la actriz mejor pagada de los años treinta.

Sin Oscar

Aunque la crítica de la década del treinta la consideraba única e irrepetible, la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood fue evasiva con esta leyenda.

Fue nominada en la categoría interpretativa por Ana Christie (1930), Romance (1930), Camille (1938) y Ninotchka (1940), pero nunca le dieron la estatuilla dorada a esta mujer que murió de neumonía el 18 de abril de 1990, hace este mes quince años de su desaparición.

No fue hasta 1955 cuando la Academia de Hollywood, en un acto de tardía justicia, le dio un premio a Greta Garbo por “su inolvidable presencia en la pantalla”.

De un almacén a Hollywood

Greta Lovissa Gustafsson nació pobre en Estocolmo, Suecia, el 18 de septiembre de 1905. Pensó que toda su vida iba a dedicarse a ser dependienta de una barbería y luego creyó que solo podría ganar dinero como la chica guapa que vendía sombreros en un almacén.

El destino fue otro cuando fue contratada para un anuncio publicitario y nació así una nueva estrella del modelaje y posteriormente de la pantalla grande.

A los 16 años es aceptada como estudiante en la Academia Real de Arte Dramático de su país.

Tras su paso por el cine sueco, donde hizo cinco filmes silentes, pasó rauda y veloz a Hollywood, donde cautivó con películas como La tierra de todos, de Fred Niblo; El demonio y la carne, de Clarence Brown y La mujer divina, de Victor Sjöström.

Después de 10 filmes mudos en Norteamérica, la Garbo por fin entró a la moda del sonido y por primera vez la audiencia escuchó su voz en 1930 en el filme Anna Christie, de Clarence Brown.

A diferencia de otras artistas, a las que el invento técnico las llevó directamente a la ruina, a ella le favoreció. Tanto, que la promoción de esta cinta no solo se vendió como “Greta habla”, sino que esa década fue prodigiosa para la Garbo con títulos como Gran Hotel (1930), Queen Christina (1933) y Camille (1936), entre otras.

Su voz, para Guillermo Cabrera Infante, era “gutural, desmadejada y desdeñosa, a la vez que erotizante y asexual”, ya que el crítico y escritor cubano consideraba que Garbo, al igual que Marlene Dietrich, era con su porte y estatura física la encarnación de la mujer frágil y masculina al mismo tiempo.

La Garbo era tan alta, que que por ejemplo, su compañero de reparto Antonio Garride tenía que montarse en cajetas, escaleras y lo que encontrara en el set de Queen Christina para no ser más bajo que la dama sueca.

En 1941, tras el estreno de la comedia romántica La mujer tiene dos caras, de George Cukor, Greta Garbo le dijo adiós al cine. No importaron nuevos proyectos ni jugosas salarios, ella tomó una decisión y la mantuvo.

Es que a la Garbo, en el fondo, no le gustaban las fastuosas fiestas y prefería recluirse sola en su lujoso apartamento en East Side Manhattan o ir de vacaciones con el nombre falso de Harriet Brown. No le faltaron amigos en su voluntaria reclusión, aunque con el tiempo se volvió cada vez más huraña y misántropa.

Fue este comportamiento lo que hizo aumentar el enigma de su existencia y esto duró hasta el día que falleció a los 84 años. Sus cenizas estuvieron en Estados Unidos hasta mediados de 1999, cuando fueron repatriadas a Estocolmo.
 

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