Panamá, 28 de noviembre de 2004
 
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Tras las huellas del tambor peligreño

Fueron muchos los que contribuyeron a la formación y evolución de este legado cultural

TEOFILO A. GONZALEZ
ESPECIAL PARA LA PRENSA
nacionales@prensa.com

ESPECIAL PARA LA PRENSA/T. González

Encabezados por su principal exponente, Margarita Klinger, y la portadora del Ramo: Nora Vargas, el pasado miércoles inició el Festival del Tambor Peligreño, con una tuna que precedió a la presentación de la reina 2004, Sara Pittí de Baruco.

DAVID, Chiriquí. —Los tambores peligreños expresan alegrías y nostalgias, pero también incidentes y situaciones vividas por la población que, desde mediados del siglo XVIII, ocupó David, área que posteriormente se convirtió en la cabecera del Cantón de Alanje, entonces parte de la Gobernación de Veraguas.

La vigencia del Tambor Peligreño se atribuye a los descendientes de Sergio Klinger, colombiano de ascendencia africana, quien aprendió música y folclore mientras se dedicaba a la pesca y a la agricultura en Horconcitos y otros asentamientos urbanos en la costas del Pacífico.

Antes de que El Negro Klinger llegara a El Peligro, otros tambores se escucharon en David, gracias a que José Santamaría, El Tamborero, organizó un grupo que en el barrio Bolívar y en Loma Colorada organizaba pindines, fiestas concurridas por gente pobre, en su mayoría negros.

"Es que en aquellos tiempos los mismos músicos que acompañaban las tunas eran los que amenizaban los bailes", destacó Josefa Santamaría, quien recuerda que su padre también se disfrazaba de Torito Guapo, de Tulivieja y otros personajes folclóricos de esta región.

Procedente de Isla Santa María (colonia inglesa), José Santamaría llegó a Panamá en 1916, cuando apenas contaba con 15 años de edad.

El parque del barrio Bolívar es el centro del antiguo barrio de El Peligro, donde nació esta manifestación folclórica.

Después de laborar por varías décadas en la compañía del Canal de Panamá se mudó a Chiriquí, llevando el tambor congo y otras influencias afroantillanas.

Pero varias generaciones anteriores a las de El Negro Klinger y de José Tamborero, antes de que se le conociera como El Peligro, en esa región se desarrollaron eventos festivos al ritmo de los tambores, aseguró Pura González, quien por décadas interpretó las mismas canciones que cantó su abuela Eusebia González.

Según Jaime Watson, las fiestas en la ciudad de David cobraron mayor auge, tras un movimiento propiciado por José Lorenzo Gallegos para respaldar la gesta independentista de España (1821); y son influenciadas por la conmemoración a la Virgen de la Medalla Milagrosa los 27 de noviembre.

Fueron las religiosas "hermanas de la caridad" de la Medalla Milagrosa, quienes a partir de 1927 introducen a las fiestas del barrio Bolívar las verbenas (fiestas hispanas en que las ventas de comidas se combinaban con juegos infantiles, globos de colores y otros entretenimientos), señaló Watson.

Margarita Klinger, hija de ‘El Negro Sergio’ es la principal cantante y exponente de la actual generación de los tambores peligreños.

Sin embargo, Pura González destaca que los tunas acompañadas de los tambores sonaron en el Bolívar antes de la gesta independentista de 1821, tanto para celebrar los cumpleaños de los vecinos, como para alegrar eventos importantes como la instalación de la primera capilla de la iglesia Católica en este sector, en el año 1819.

"Fue bajo un palo de mango, ubicado entre el Camino Real y la calle del Silencio, donde nacen los tambores chiricanos, me contó mi abuela", agrega González, quien recuerda que Nieves Vanegas, Clementina Pinzón y una morena a quien llamaban Chomira se destacaron en el canto, antes que ella.

Fueron muchas las personas que contribuyeron a la formación, evolución y preservación de las manifestaciones folclóricas y costumbres que identifican al davideño, afortunadamente algunos de ellos como Aurelio Arjona, padre de El Cañonero Lito, al morir fueron relevados por sus hijos.

La vida en un tambor

Quizás la característica más relevante del Tambor Peligreño es el aporte del pueblo, cuyas vivencias inspiraron las composiciones que le distinguen de similares manifestaciones de Azuero, Colón y otras regiones del país, destacó Margarita Klinger, quien junto a sus hijos preserva orgullosamente el legado de su padre.

La sencilla letra del tambor Tortillita con café fue motivada por una particular situación social, pues versa sobre la actividad desarrollada en el Café Miedo, de la calle El Silencio, negocio gracias al cual Tomasa Valdés, una joven viuda, logró el sustento de sus hijos.


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