Panamá, 28 de noviembre de 2004
 
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Perspectiva

Intelectuales y electores

Frente a lo que usualmente se cree, es muy difícil manipular a la opinión pública, y casi imposible "lavarle el cerebro"

Carlos Alberto Montaner

MADRID. –Se intuía que el mundo académico es de izquierda: acaba de demostrarse que esa presunción era correcta. En una nota aparecida recientemente en The New York Times, el periodista John Tierney resumió las conclusiones de una amplia encuesta llevada a cabo en varias emblemáticas universidades estadounidenses: la proporción de profesores demócratas frente a los que se clasifican como republicanos es de nueve a uno. Como regla general, en las disciplinas científicas el desbalance es menor: por cada tres profesores de economía demócratas solo hay uno republicano. Pero, en las humanidades y en las ciencias sociales la diferencia llega a ser abismal: hay 30 antropólogos demócratas por cada republicano. Sospecho que en las facultades de periodismo y comunicación sucede exactamente lo mismo.

La experiencia y la simple observación indican que ese fenómeno se repite en todos los países de Occidente, pero las consecuencias varían de acuerdo con la definición de izquierda y derecha que prevalece en cada uno de ellos. La izquierda académica estadounidense, dulce y obediente de la ley, se suele quedar pastando en los predios del Partido Demócrata, y aunque pueda ser tan radical como Noam Chomsky, sus elucubraciones concluyen en un candente artículo divulgado por internet o sepultado en una oscura publicación que apenas leen unos pocos centenares de miembros de la misma secta. La sangre, afortunadamente, nunca llega al río.

En América Latina o en Europa es diferente: los criminales de Sendero Luminoso surgieron del Departamento de Filosofía de una universidad peruana de provincias. Comenzaron leyendo a Hegel y a Marx y terminaron degollando campesinos acusados de "colaboracionistas". Los terroristas vascos de ETA se incubaron en seminarios católicos. Mientras los jesuitas estadounidenses en Estados Unidos auspiciaban excelentes centros educativos respetuosos de la ley, como Georgetown o Fordham, en El Salvador y Nicaragua, desde la UCA, la Universidad Centroamericana, otros jesuitas fascinados con la Teología de la Liberación alentaban las guerrillas comunistas (y luego resultaban asesinados por los militares). La diferencia es obvia: la izquierda intelectual estadounidense no cuestiona la esencia del modelo de sociedad en que vive, sino los defectos que cree percibir. No hay en ella espacio para la utopía. En otras latitudes, en cambio, no quieren corregir la realidad, sino dinamitarla para construir con los escombros un mundo maravilloso.

Bien, ya que ahora tenemos la certeza de que el mundo universitario y su entorno intelectual son de izquierda, a lo que es legítimo agregar que los medios de comunicación también suelen escorarse en esa dirección, lo interesante es preguntarse cómo es posible que la sociedad escape a esa apabullante influencia que le llega por medio de catedráticos respetables, admirados periodistas, escritores y artistas. ¿Cómo los republicanos en Estados Unidos, o los conservadores en Italia o en Colombia, pueden ganar elecciones si en casi todas las instancias y escenarios en que se discuten propuestas y soluciones para los conflictos sociales, prevalecen ideas contrarias a las que ellos sostienen?

La respuesta acaso está en la forma en que las personas transmiten y adquieren la información y los juicios de valor. El peso de la familia, o de la figura más respetada dentro de ella, probablemente tiene un impacto mucho más duradero que la opinión tardía de un profesor, de un intelectual o de un artista admirado. Más del 70% de los editoriales de los diarios estadounidenses apoyaron a Kerry frente a Bush, pero eso no sirvió de mucho. Como tampoco fue muy útil la exitosísima película de Michel Moore, o que 100 notables actores y cantantes de Hollywood se volcaran en apoyo del senador de Massachusetts. Frente a todos ellos prevaleció la remota voz del padre, de la madre, de algún abuelo o hermano mayor, escondida en un insospechado recoveco de la memoria.

Frente a lo que usualmente se cree, es muy difícil manipular a la opinión pública, y casi imposible "lavarle el cerebro". Lo que tampoco quiere decir que las personas siempre se guían por ideas correctas o por intuiciones certeras, sino que a lo largo de la infancia y la adolescencia adquieren una cierta cosmovisión y una estructura de valores que en la etapa adulta los blinda contra la influencia de informaciones o juicios morales contrarios o muy diferentes a los que forjaron su carácter. Si se acepta esa premisa, se comprende mejor la esencia de la labor política en los regímenes democráticos: la clave no está en describirles brillantemente a los electores el contorno de la realidad, sino en entender cómo ellos la perciben. Los políticos que lo logran son los que triunfan. (Firmas Press)

El autor es analista internacional


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