Panamá, 8 de octubre de 2004
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Felicidades, monseñor

Es la voluntad del hombre en seguir sus metas con decisión y arrojo lo que hace que destaque entre muchos

Octavio Sandoval
osandoval@prensa.com

Para mí es una obligación compartir esto con todos los que conocen a monseñor Rómulo Emiliani. A su salida de Panamá, hace dos años, dejó atrás recuerdos y muchas amistades; yo conocía de él lo que todo el mundo. Era monseñor Rómulo Emiliani, el sacerdote obispo de Darién; era Monse, para sus más cercanos, y para mí era a quien leía desde su salida de Panamá. No sus mensajes con destino al corazón; no, yo leía sus denuncias y valientes reclamos, sus reflexiones y su filosofía de vida. Artículos que se publicaron en distintos medios enviados de todas partes; esos escritos decían mucho y tan pronto supe que regresaba a Panamá me dirigí a él y le dije que quería hacer una antología con todos sus artículos de opinión. No sobre cómo salvar el alma, de tanto valor y mérito, sino con aquellos mensajes que escribió con el corazón en la mano mientras estuvo fuera de Panamá. Me refiero a los que hablan de Darién, de la corrupción, de la pobreza cuando es pecado, de la Iglesia, de los políticos, de los hombres que él admira, de Panamá, etc., etc., tantos que sumaban más de 90. Hoy monseñor está en San Pedro Sula, como obispo auxiliar, y desde este cargo no podíamos esperar menos de él.

Es costumbre de hombres así hacerse notar; de pronto esto no es bien entendido y tiene que cargar con juicios, ataques y críticas. Cómo no hacerse notar, si lo que se deja en el camino es semilla y raíz que no tiene tope. No quiero hacer una oda a su persona, pues ni me lo permito ni es abono para esa tierra lisonjas ni adulaciones; conozco su trabajo y eso es lo que me importa. Tampoco espera aplausos ni reconocimientos, porque su obra es nada frente a tantas necesidades, pero no por eso deja de esforzarse, al contrario cada día experimenta el sinsabor de la impotencia, pero así es la vida del alfarero que ve como en el barro queda todo su esfuerzo. La gloria se gana con obras y los frutos son los que cuentan, y qué fácil es tirarle piedras al árbol que está lleno de ellos.

Monseñor recibió una nota firmada por el señor Alberto Llorca, director de un evento con mucho arraigo en Honduras, que entre otras cosas decía: ... “El presente es con el propósito que hace 31 años une a la sociedad hondureña en el encuentro donde rendimos tributo a quien honor merece: el Recital de Otoño, en esta su decimoséptima edición con su tema ‘Sueños de otoño’; simboliza el afecto, reconocimiento y agradecimiento a personalidades que se caracterizan por su inquebrantable voluntad y su férrea determinación por conquistar la gloria de sus sueños...”. La carta confirmaba lo que en Panamá sabíamos: no por ser él ni por su procedencia iba a tener privilegios, es la voluntad del hombre en seguir sus metas con decisión y arrojo lo que hace que destaque entre muchos.

Señala una información publicada en Honduras que este reconocimiento se le da al “sensible y luchador obispo auxiliar de la Diócesis de San Pedro Sula, monseñor Rómulo Emiliani”. Este evento se celebra en Honduras cada dos años y fue institucionalizado desde 1972 por la municipalidad sampedrana que, junto con la Cámara Junior, busca exaltar la trascendencia intelectual, artística, social e internacional de personas que han puesto en alto el nombre de Honduras. El “Recital de Otoño” este año se celebrará el 23 de octubre y recae en la persona del alcalde Oscar Kilgore entregarle a monseñor una medalla de oro y un diploma que simbolizan el reconocimiento a su entrega y esfuerzo por su desinteresado trabajo. No es otro reconocimiento más que quedará registrado en su biografía, ni será otro adorno en su despacho de un Mensaje al Corazón, el valor de éste es que se hace fuera de Panamá y deja registrado para siempre su nombre en una sociedad agradecida que lo acogió como a uno más de los suyos.

“Orad y trabajad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien”, dice el profeta Jeremías, y esto es lo que ha hecho Rómulo Emiliani. Dirán que por interés si su bien es el bien de todos; igual no está obligado a hacer más de lo que estime necesario ni haga daño. Igual pudo dedicarse al turismo eclesial. El cardenal Oscar Rodríguez Madariaga, hondureño, decía en una visita que hizo a Panamá, que los sacerdotes tenían que salir de la sacristía, en una abierta crítica a los que se limitan y miden sus esfuerzos por encarnar la palabra. A los que no quieren multiplicar sus talentos les decía que hay que involucrarse más para llevar la obra adelante, ser universal y hacerse presente en la comunidad, una doble dimensión que debe asumir la Iglesia.

Me mueve la compasión, conveniente título para el libro cuando lo que quería decir era que aquel que hace suyo el sufrimiento ajeno, el que se pone en lugar del otro para percibir sus necesidades y angustias, vive la experiencia de esa virtud. Monseñor Emiliani hoy es sujeto de una alta distinción, es la noticia que quería compartir. Los problemas de la sociedad hondureña no son distintos a los de Panamá y de aquí llevaba la lección aprendida; él por su participación en programas de rehabilitación de niños con problemas de drogadicción y de jóvenes pandilleros pertenecientes a las maras, ha sido escogido para este galardón. Este hijo del Corazón de María encontró en la contemplación y amor a Dios la inspiración para sus proyectos, y como descendiente de Marta, el afán para hacerlos realidad. Felicidades, monseñor...

El autor es abogado
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