Panamá, 5 de septiembre de 2004
 
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La odisea de Irving Saladino

Viajó a las olimpiadas solo y compitió lesionado. Lo tuvo que atender una doctora de Venezuela. Lo insólito como estilo de dirigencia.

Guido Bilbao
gbilbao@prensa.com

LA PRENSA/Víctor Arosemena

Saladino y su zapatilla. Es uno de los deportistas panameños con mayor proyección internacional.

En Bogotá lo vio todo el mundo. El 10 de julio fue. Irvin Saladino corrió cuarenta metros a pasos larguísimos, disparó su cuerpo hacia la nada y luego se dejó volar hacia la gloria. Volar sí, con el gesto severo y su espalda arqueada. Fue tan bueno el salto que ni bien puso un pie en la arena, el atleta ya sonreía. Había logrado el mejor salto de su vida, 8.12m, y no solo eso, sino también un pasaje directo a las Olimpiadas. Si el cielo existe, pensó Saladino, debe ser algo parecido a esto.

Su entrenador, Florencio Aguilar, a su lado, no paraba de brincar. En una pata, en dos, perdido de la vida estaba. De alguna forma se conectó con los mismos sentimientos que tuvo cuando era él quién corría por Panamá. Es que ya se sabe: no hay nada tan importante para los deportistas como lograr meter su cuerpo en las olimpíadas, ese mundo mágico, feliz y televisado que encima volvía a Grecia, el lugar donde todo nació.

Atleta y entrenador parecían paralizados, contemplando cómo sus sueños tomaban forma.

Cuando Saladino llamó a su gente, en Colón, le recordaron las primeras carreras que corrió en su vida, en el balcón del multiviviendas donde creció, que medía como 50 metros y que, vaya paradoja, siempre perdía ante su hermano mayor. “Para escapar de la Guardia aprendiste a correr así”, le decían sus amigos.

Camino a Atenas.

Irving Saladino descansa en la pista. Aún se está recuperando de la lesión que tuvo en Atenas.

El 2004 fue un gran año para Saladino. Rompió cuatro veces el récord panameño de salto en largo -que era suyo- y mejoró tres veces su propia marca. Y para ponerlo todo color de rosa, la Federación de Atletismo aconsejó al Comité olímpico que Aguilar debía viajar.

Por eso, una empresa de relojes, que patrocinó a la delegación panameña, invitó al deportista y a su entrenador a dar una charla donde los presentaron como los hombres que viajarían a Atenas. Es más, hasta en la lista de pedido de visas que se hizo a la Embajada de Estados Unidos, figuraría el nombre de Florencio Aguilar.

Pero de la noche a la mañana, al entrenador lo bajaron del avión. El Comité Olímpico dijo que sólo se podía enviar un entrenador por disciplina. Desoyendo la sugerencia de la Federación, decidieron que ese hombre sería Philip Douglas, el entrenador de Bayano Kamani, que, todos sabían, tenía más chances de lograr medalla. “Esto no perjudicará al saltador” se apresuraron en decir los hombres del Comité. “El entrenador de Kamani también se hará cargo de Saladino”.

Cuando Aguilar se enteró, no le causó ninguna sorpresa. ¡Si le pasó a él mismo cuando fue a competir a Barcelona, y tuvo que viajar solo! Aguilar -como nadie- ya sabía que en Panamá lo insólito se había convertido en un estilo de dirigencia.

En sus días de corredor, no entendía muy bien por qué la gente del Comité Olímpico no dejaba viajar al hombre que lo dirigía y le había enseñado todo. Pero como sólo pensaba en correr, la ausencia era una pequeña nube que de ninguna forma iba a nublar su cielo olímpico. Además, ya había participado en Seúl 88 y tenía más experiencia. Pero ahora entendía que el papel de los entrenadores es muy importante. “¿Quién iba a impedir que Saladino, con las ganas que tenía, se tirara de cabeza a la primer fosa en condiciones que encontrara?” se preguntó Aguilar. Y se contestó solo: esas son las cosas que los pelaos no entienden, hay que entrar en calor, elongar, practicar mucho antes de comenzar a saltar.

Por eso, de inmediato, el entrenador se puso a trabajar. Tomó un cuaderno y elaboró un plan diario de entrenamiento para que Saladino, una vez en Grecia, utilizara de guía.

Dos semanas antes del 3 de agosto, la fecha de partida, se encendió una luz de esperanza. Hugo Cuéllar, que había sido designado como jefe de la delegación, renunció a su cargo por motivos personales -otros señalan que fueron los cortocircuitos con Melitón Sánchez, presidente del Comité, luego del fracaso económico de la Feria deportiva de Atlapa quienes decidieron su suerte-.

Cuéllar, en una carta privada, le habría recomendado al Comité que su cupo fuera cubierto por Aguilar. Sin embargo, para la sorpresa de muchos, la junta directiva del Comité Olímpico decidió ocupar ese espacio con alguien de la organización: el médico Carlos Balcázar.

La guerra interna

guilar y Saladino, hablando sobre el deporte. El entrenador no pudo acompañar a su pupilo a los juegos.

Lo que no muchos saben, es que la exclusión de Aguilar se dio en el marco de una guerra sin cuartel que hace años viene librando un grupo de federaciones deportivas, encabezadas por la Federación de Atletismo, contra el Comité Olímpico de Panamá. Las disputas son de larga data. Incluso, hay una demanda en curso ante los tribunales ordinarios en la que se pondrían en duda los resultado de las últimas elecciones de autoridades en el comité olímpico. En esa elección se enfrentaba Ricardo Sasso, el presidente de la Federación de Atletismo contra Melitón Sánchez, desde hace 24 años presidente del Comité Olímpico Panameño. Sánchez asegura que no quiere entrar en bochinches pero que “todo se hizo según lo establecido. El Comité Olímpico discutió las acreditaciones y se tomó la decisión. La gente de natación también viajó con un solo entrenador” se pone a la defensiva el veterano dirigente. Y agrega que fue la misma federación la que prefirió enviar a un delegado antes que a un entrenador.

El caso es que la Federación le pedía al Comité que le diera un cupo a Aguilar. El comité respondía que ese cupo la Federación ya lo tenía y era el del delegado Ruperto Daley. De esta manera, como nadie aflojó, viajó el delegado, viajó el médico y el entrenador se quedó en casa. El único perjudicado fue el deporte panameño. Y claro, Saladino, que ahora se verá cuánto necesitaba de su hombre de confianza.

La travesía

El colonense en plena carrera. Debe entrenar en un lugar donde hacer lo que él hace, se vuelve imposible.

El 5 de agosto, al día siguiente de su llegada, Saladino entrenó tranquilo, siguiendo las órdenes escritas de Aguilar. Es que Philip Douglas, el entrenador de Bayano, recién llegaría el 17 de agosto.

Irving estaba feliz, viviendo su sueño, compartiendo el espacio con deportistas de todo el mundo.

Pero el 6 de agosto pasó lo peor. En su segundo día de entrenamiento, mientras saltaba, Saladino sintió como un pinchazo en el muslo izquierdo.

El doctor Balcázar ni lo revisó, pero le dio una pastilla contra el dolor. Al día siguiente Irving no entrenó para descansar y al tercer día, cuando quiso hacerlo, el dolor apenas lo dejaba trotar cojeando. “Que no tienes nada, es una tontería” trataba el médico de convencer a Saladino de que su dolor, en realidad, no existía. Pero Saladino insistió: “Vamos a una clínica, quiero que me vean”. Aunque resulte extraño, el médico de la delegación panameña, el que ocupó el espacio tan disputado, para tratar a su enfermo recurrió a otro profesional. Llamó a una doctora de la delegación venezolana que, al revisar a Saladino, no dudó en el diagnóstico: rotura fibrilar.

En Colón, cuando Aguilar se enteró del problema, preguntó desesperado: “¿Qué pierna es, que pierna es?”. La respuesta lo dejó por el suelo. La izquierda, le contestaron, justo con la que Saladino da el paso más importante, el último, la pierna que debe impulsar el salto.

Sin embargo, tanto el doctor del Comité, como el delegado de la Federación querían convencer al atleta de que eran sólo los nervios de la competencia. “Si te lesionaste, te lesionaste, qué importa”, lo arengó Balcázar. “Tú aquí viniste a competir y debes dar lo mejor de ti”.

Es más, cuando Saladino pidió una muslera, la gente de la delegación daba vueltas. Hasta que llegó Phillip Douglas, el entrenador de Kamani -que no dormía en la villa olímpica y al igual que Bayano viajó patrocinado por Nike- y dijo que eso era muy necesario. Sólo entonces llegó la venda.

La noticia de su lesión en Panamá causó algo de revuelo. Pero todo se tranquilizó cuando llegó una foto desde Atenas donde se lo veía a Saladino charlando en la pista junto al entrenador de Bayano. Esa foto la sacó una persona de la delegación panameña. Lo que la imagen no decía era que el hombre le estaba aconsejando una estrategia: “deja de entrenar, y guarda tus energías para un sólo salto. Pon todo lo que tienes ahí”.

Saladino saltó lesionado y olvidado: ni siquiera lo pasaron por televisión. Sus familiares y amigos que estaban reunidos en varias casas de Colón estaban enfurecidos.

De alguna forma fue mejor. Saladino hizo poco más de 7.50, su peor marca del año.


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