Panamá, 20 de junio de 2004
 
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Actualidad

La bioquímica del amor

El estudio se dedicó a captar imágenes de cerebros enamorados

Eva Tarragona
LA VANGUARDIA

Hace unos días leí en una publicación científica: "Un estudio explica por qué el amor es ciego".

Me pregunto por qué los científicos se empeñarán en buscar causas biológicas a los trastornos del alma... Claro que, siempre puede ser motivo de alivio el confiar a las hormonas la responsabilidad de hacernos recobrar el ánimo tras un desengaño amoroso. Podemos esperar un golpecito en la espalda y que alguien nos diga: "No le des más vueltas al asunto, todo tiene una explicación biológica y al final, las hormonas siempre acaban volviendo a su sitio".

El artículo en cuestión, basado en otro artículo publicado en la revista Neuroimage, hablaba del trabajo de unos investigadores de la Universidad College de Londres que se dedicaron a captar imágenes de cerebros enamorados.

Ya hace tiempo que la ciencia ha descubierto que ante la visión del ser amado se activan determinadas zonas del cerebro, entre ellas el córtex anterior cingulado , que también responde al estímulo de drogas sintéticas produciendo sensaciones de euforia; pero lo sorprendente del nuevo estudio es que además, las áreas encargadas de realizar juicios sociales y, por tanto, de someter al prójimo a valoración, se inactivaban. Ante nuestro amor, nos volvemos "ciegos" o, por lo menos, bajamos la guardia.

Los trucos del cerebro para que caigamos enamorados son tan sofisticados que puede llegar incluso a sorprender la precisión fisiológica de unos sentimientos que tan de cabeza han traído a poetas, músicos, escritores y al más mortal de los mortales.

Pero es que el ser humano, como todos los animales, ha tenido que encontrar los mecanismos evolutivos para perpetuar la especie. Y el enamoramiento está entre estos mecanismos, un proceso bioquímico que se inicia en el cerebro, y que tras la desbordante secreción de neurotransmisores, activa glándulas y respuestas fisiológicas a velocidad de vértigo, con la finalidad de que acabemos reproduciéndonos.

Trabajos anteriores han explorado otras líneas de investigación y han aportado interesantes datos sobre las causas y los efectos del amor. Hasta ahora se sabe, por ejemplo, que la feniletilamina (FEA), una anfetamina que segrega el cuerpo humano, es una de las principales sustancias implicadas en el enamoramiento. Este compuesto activa la secreción de dopamina -un neurotransmisor implicado en las sensaciones de deseo y que nos hace repetir lo que nos proporciona placer- y de oxitocina -ésta implicada, entre otras funciones, en el deseo sexual-. En definitiva, nos sentimos bien con nuestro amor, estamos sumamente eufóricos y excitados, necesitamos a la persona con la que estamos, como si de una droga se tratara, porque nos proporciona placer, y nuestra capacidad para juzgarla se reduce hasta la nada.

Pero, ¡ay! La síntesis de FEA no puede prolongarse durante mucho tiempo, entre otras cosas porque moriríamos de extenuación, y tras dos o tres años sus efectos desaparecen, sin apenas dejar rastro. Es entonces cuando nos enfrentamos a la tremenda realidad y, sobrevienen los defectos que otrora no vimos.

Por suerte, la naturaleza es sabia y, si en su momento no fuimos completamente ciegos, el cerebro nos rocía con un nuevo coctel de hormonas, neurotransmisores y demás compuestos, entre los que destacan las hormonas vasopresina y oxitocina y las endorfinas , opiáceos endógenos parecidos a la morfina. Y con ellas, un nuevo tipo de amor más pacífico y sosegado y una nueva sensación de seguridad y apego hacia nuestra pareja hacen acto de presencia.

Los motivos que explican por qué nos enamoramos de una persona y no de otra no están bien establecidos, aunque deberemos confiar en que las leyes psicológicas que rigen la elección tengan también una buena base evolutiva y, si no es mucho pedir, que sean sensatas ante las posibilidades de ser correspondidos.

Otra cosa es ya, si entre tanta precisión biológica, queda lugar para el romanticismo.


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