Panamá, 20 de junio de 2004
 
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Para acabar con 'deudas odiosas'

Si la doctrina de deudas odiosas ha llegado demasiado tarde para Panamá, por lo menos hay la esperanza de que otros pueblos oprimidos no pasen por lo mismo

Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com

WASHINGTON, D.C. -Hace un mes abrí el Washington Post y me encontré con una figura que para mí es heroica. No estaba en la primera plana del Post, ni en las "Planas" de noticias. Curiosamente, el artículo estaba en la sección "Style" ("Estilo"), que normalmente contiene reportajes sobre la moda y otras frivolidades. Por razones que no puedo explicar, allí habían puesto un artículo sobre Shirin Ebadi, premio Nobel de la Paz en 2003. La foto de una señora vestida con mucha sencillez acompañaba el artículo, y el pie de foto explicaba que el día anterior ella se había presentado a la sede del Banco Mundial con un mensaje igualmente sencillo: "No le presten a dictadores".

Al presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, no le gustó ese mensaje. Una segunda foto lo mostraba con cara de enojo, hundido en su silla, mientras Ebadi daba un discurso ante los funcionarios del Banco Mundial.

El Washington Post resumió así el mensaje de Ebadi: "No le presten a regímenes corruptos o tiránicos para luego exigir que el pueblo pague la cuenta. Presten solo para proyectos que beneficien al pueblo, no a los gobiernos. Hagan una auditoría de derechos humanos, califiquen el progreso de cada país, y premien solamente a aquellos gobiernos que estén avanzando en cuanto a los derechos humanos. Si ustedes les prestan a gobiernos dictatoriales, cuando estos se caigan -y siempre se caen- el pueblo sentirá odio por ustedes. Es así de sencillo". (El discurso completo está disponible en video en http://info.worldbank.org/etools/docs/voddocs/63/1105/hi.htm).

Pese al disgusto evidente del presidente del Banco Mundial, el Post reportó que los funcionarios del Banco se pusieron de pie para ovacionar a Ebadi. Con esta columna, me pongo metafóricamente de pie para unirme a esos aplausos. Tengo muchos años de estar objetando que las instituciones financieras internacionales presten dinero a dictadores, bajo el cómodo arreglo que los pueblos oprimidos tendrán que pagar el precio de su propia opresión. Aunque ese argumento no encontró eco alguno por mucho tiempo, el año pasado descubrí que dos profesores de Harvard han desarrollado una "doctrina de deudas odiosas" que plantea que las deudas incurridas por un régimen ilegítimo no serán transferidas al gobierno sucesor. (Columna del 11 de mayo de 2003).

Ahora, con el respaldo de una premio Nobel, esa doctrina adquirirá la resonancia que merece. El miércoles pasado, el New York Times publicó un artículo de opinión escrito por Ebadi, en el que ella expuso su posición en uno de los foros más amplios del planeta.

"Prestarle dinero a tiranos es fortalecerlos y hacerse cómplice de sus atropellos a los derechos humanos... Prestarle dinero a un dictador es esclavizar a su pueblo, quien deberá pagar ese dinero -con intereses- cuando el dictador se haya ido", escribió Ebadi en el Times.

Prestarle a dictadores, continuó Ebadi, priva de fondos a los gobiernos democráticos de países pobres, que son más merecedores de la ayuda. Como el Banco Mundial no tiene capital ilimitado, prestarle a gobiernos ilegítimos y abusivos es -para los efectos prácticos- "darle prioridad a las dictaduras -frecuentemente cleptómanas- antes que las democracias hayan recibido todo lo que necesitan".

Ebadi rechaza la idea de que las dictaduras puedan brindarle beneficios económicos al pueblo. En primer lugar, sostiene la premio Nobel, ninguna dictadura puede alcanzar desarrollo sostenible sin respetar los derechos humanos y oxigenarse de las libertades esenciales al desarrollo. Además, las dictaduras jamás se someten a la clase de fiscalización ciudadana que podría evitar que los fondos prestados terminen en el bolsillo del dictador y sus secuaces. Y en tercer lugar, prestar dinero a las dictaduras tiene el efecto de fortalecerlas, lo que a su turno provoca mayores abusos de derechos humanos y por lo tanto estimula una espiral de retroceso, no de avance.

Todo esto lo vivimos en Panamá, donde la dictadura gozó por décadas de un generoso financiamiento internacional y nos dejó con la deuda per cápita más elevada del hemisferio. Cuando el gobierno de Guillermo Endara llegó al poder, el derecho internacional era claro en exigir que todo gobierno reconociera las deudas de su antecesor, por ilegítimo que este hubiera sido. No hubo alternativa de que Panamá así lo hiciera.

Pero si la doctrina de deudas odiosas ha llegado demasiado tarde para Panamá, por lo menos hay la esperanza de que otros pueblos oprimidos no pasen por lo mismo. Con la voz de la premio Nobel Shirin Ebadi liderando el coro, al fin veo la posibilidad de hacernos escuchar.

La autora es corresponsal de La Prensa

Además en opinión

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