Panamá, 20 de junio de 2004
 
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El alguacil sin ley

Es claro que los controles necesarios para evitar abusos en las prisiones de Irak y Afganistán no estaban listos, y que la administración Bush creó un ambiente que hizo que los abusos fueran más factibles

Joseph E. Stiglitz

En mis comentarios periodísticos, generalmente me limito a mi área de conocimiento, la economía. Pero como estadounidense, estoy tan horrorizado por lo que ha sucedido en mi país -y por lo que mi país le ha hecho a otros en los últimos dos años- que me siento obligado a hablar. Yo creo que los abusos que Estados Unidos ha cometido contra los derechos humanos y los cánones de los pueblos civilizados que han salido a la luz en Irak, Afganistán y la Bahía de Guantánamo, y las vejaciones peores que con toda seguridad se darán a conocer más tarde, no son simplemente los actos de individuos aberrantes. Son el resultado de una administración Bush que ha pisoteado los derechos humanos y el derecho internacional, incluyendo la Convención de Ginebra, y que ha intentado socavar salvaguardas democráticas básicas desde que tomó posesión.

Lamentablemente, la tortura y otras atrocidades se dan en la guerra -y la de Irak ciertamente no es la única en la que se ha utilizado la tortura-, pero yo creo que la administración Bush es responsable de crear un ambiente en el que el derecho internacional y los procesos democráticos se han ignorado. Cuando el vicepresidente Dick Cheney habló en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, se le preguntó cómo podía justificar la administración las cosas que sucedían en la Bahía de Guantánamo, donde a los prisioneros se les retiene sin cargo alguno y sin asesoría legal. La respuesta de Cheney fue estremecedora: dijo que debido a que los detenidos fueron capturados en Afganistán mientras trataban de matar a soldados estadounidenses, las reglas relativas a los prisioneros de guerra no eran aplicables.

Gran parte del público quedó escandalizada por sus comentarios, pero aparentemente Cheney no se dio cuenta del grado de estupefacción de los presentes. A ellos no les importaban los detalles legales sobre si, técnicamente, la Convención de Ginebra era aplicable o no. Les interesaban los cánones básicos de los derechos humanos. Entre los más horrorizados estaban quienes recientemente habían luchado para lograr la democracia y seguían luchando por los derechos humanos.

La administración Bush también ha atropellado el derecho básico de la ciudadanía de saber qué es lo que su gobierno está haciendo al negarse, por ejemplo, a revelar quiénes participan en el grupo que formula su política energética -aunque no se necesita realmente obtener esa información para ver que la diseña la industria petrolera para la industria petrolera.

Cuando hay abusos en un área, se pueden extender rápidamente a otras. Durante semanas, la administración Bush ocultó al pueblo estadounidense los informes sobre los abusos en las prisiones iraquíes, presionando a CBS para que no transmitiera las fotografías que había obtenido. De manera similar, las dramáticas fotografías de los ataúdes de los soldados estadounidenses que volvían a casa solo se pudieron publicar mediante el uso de la ley sobre libertad de la información.

Los medios estadounidenses no han salido ilesos. ¿Por qué se rehusó CBS a dar a conocer información de importancia vital para el público? Se debió haber informado sobre los abusos hace meses. Amnistía Internacional dio una conferencia de prensa sobre el tema en Bagdad en julio de 2003. Y mientras las fotografías y las noticias de Abu Ghraib aparecían en las primeras páginas en Europa y otros lugares, al principio estaban sepultadas en muchos periódicos estadounidenses, incluyendo los principales, como el New York Times. ¿Les preocupaba ofender a la administración Bush?

Los defensores del presidente Bush, del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y del ejército subrayan la dificultad de la labor a la que se enfrentan en Irak, la debilidad y la falibilidad humanas, y el hecho de que siempre hay unas cuantas "manzanas podridas". Sin embargo, el sistema de gobierno de Estados Unidos reconoce todo eso e intenta que haya protecciones. Si la letra y el espíritu de esas salvaguardas se hubieran seguido, no habríamos entrado siquiera a esta guerra, o al menos no lo habríamos hecho solos.

No obstante, es concebible que Bush no tuviera información precisa sobre si Irak tenía armas de destrucción masiva. Pero bajo las reglas internacionales que Estados Unidos debe seguir, las guerras no se deben emprender basados en el juicio de un individuo y su camarilla. La opinión del mundo era que no había evidencias -y el mundo tuvo razón. Si Bush se hubiera ceñido al proceso democrático plasmado en la Carta de las Naciones Unidas, el trauma de Irak no tenía por qué haber sucedido.

Sabemos que los individuos y las instituciones se equivocan. En tiempos de tensión, es más factible que se den esas equivocaciones. Tenemos que establecer reglas y procedimientos, salvaguardas, un sistema de garantías procesales que aumente las probabilidades de que se haga justicia; y en épocas de tensión es mucho más importante que respetemos esas salvaguardas. Es claro que los controles necesarios para evitar abusos en las prisiones de Irak y Afganistán no estaban listos, y que la administración Bush creó un ambiente que hizo que los abusos fueran más factibles, si no es que inevitables.

A un nivel más fundamental, algo no funcionó en el sistema de controles y equilibrios de la democracia estadounidense. El congreso y la prensa debieron haber mantenido al presidente bajo control. La comunidad internacional lo intentó. Desgraciadamente, el sistema global de derecho y gobernanza internacional sigue siendo demasiado débil para impedir la mala conducta del Presidente del país más poderoso del mundo si está decidido a comenzar una guerra por sí solo.

En momentos como este nos damos cuenta de cuán delgado es el barniz de nuestra civilización. Cómo declaraciones de valores y principios compartidos, la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración de los Derechos Humanos y la Convención de Ginebra, son grandes logros. El que tengan o no fuerza de ley no es lo importante; son guías para el comportamiento civilizado. Cada una de ellas estuvo motivada por las terribles lecciones del pasado. Esperemos que a raíz de los escándalos actuales surja un compromiso renovado para cumplir con esos ideales y fortalecer las instituciones que fueron diseñadas para aplicarlos.

Copyright: Project Syndicate

El autor es profesor de economía en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión sobre las Dimensiones Sociales de la Globalización. Fue premio Nobel de economía en 2001

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