A solas con Tomás Eloy Martínez
Una entrevista a fondo en su casa de New Jersey. Los secretos del escritor argentino más exitoso
Nicolás Wiñazki
mosaico@prensa.com
Tomás Eloy Martínez (69), el escritor argentino más traducido, autor del best seller mundial Santa Evita, ganador del premio Alfaguara por El vuelo de la Reina, acaba de publicar una novela llamada El cantor de tango, que nació como buena parte de su obra: de noche. Así lo cuenta él: "Como tantos otros de mis libros, éste también lo soñé. Tengo un grabador digital que uso cuando me levanto para no olvidarme de lo que acabo de soñar. Algunos de mis sueños valen la pena, otros no".
Martínez vive en Highland Park, un suburbio de Nueva Jersey, y si mira por la ventana de su escritorio, donde escribe con una computadora negra, ve árboles: un bosque de cedros donde pasean las marmotas y se dejan ver algunos ciervos. Trabaja allí hace ocho años, cuando fue nombrado director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Rutgers University. Un cargo perfecto para un escritor como él, amigo íntimo de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa: "Con Gabo hablo seguido. Es un hombre que es muy consciente de su rol histórico. Creo que es por eso que le cuesta mucho relajarse...".
Martínez publicó su novela
El cantor de tango
en la editorial inglesa Bloomsbury, la misma de
Harry Potter
, que concibió una colección llamada "Los escritores y sus ciudades": Berlín es retratada por Günter Grass; el D.F de México por Carlos Fuentes; Tokio por Kenzaburo Oé. Buenos Aires cayó en las manos y los sueños de Tomás Eloy Martínez: "Estaba en Londres y soñé que perseguía a un cantor de tangos, del que me habían contado que era maravilloso. Lo buscaba por todas las milongas y no lo encontraba. Me levanté angustiado por no haber podido escuchar esa voz. Al otro día, me reuní con la editora de Bloomsbury y me propuso escribir un libro sobre Buenos Aires. Yo no sabía que me iba a hacer esa proposición, y entonces le conté mi sueño. Le encantó. A partir de mi sueño fui construyendo el resto del relato".
En la novela, el protagonista, Bruno Cadogan, persigue enfermizamente a un cantor de tangos del que le han dicho que tiene la voz más hermosa del mundo. Pero igual que Martínez en su sueño, Cadogan jamás podrá oírlo. A cambio, descubrirá a Buenos Aires, una ciudad infinita, camaleónica. Explica Martínez: "El tema central de la novela es que Buenos Aires es una ciudad laberíntica, a pesar de su trazado plano. Pero no solo es un laberinto geográfico, sino también en el tiempo. Quise mostrar que es una ciudad múltiple, imposible de apresar y de conocer del todo. Buenos Aires da la sensación de vastedad. Es un laberinto infinito".
Antes de transformarse en un escritor consagrado, Martínez fue un periodista reconocido en la Argentina. En su país trabajó en el diario
La Opinión
y en la revista
Primera Plana
, donde escribió la primera crítica a
Cien años de soledad
, quizás el puntapié inicial para que la novela de García Márquez se convirtiera en un éxito mundial. En aquellas épocas nació su amistad con Gabo. Como muchos otros argentinos, Martínez tuvo que exiliarse durante la década del 70, perseguido primero por el tenebroso secretario de Juan Perón, José López Rega, y luego por la dictadura militar de Jorge Rafael Videla.
Jamás se pudo sacar su oficio de periodista de encima. Aún hoy se muestra informado sobre lo que ocurre en distintas redacciones del mundo -"me han contado que
The New York Times
quiere mudar sus oficinas", suelta al pasar-, y aplica su antiguo oficio para escribir sus novelas que recorren el mundo, traducidas a 36 idiomas, incluidos el chino, japonés y ruso.
"Creo que todas las novelas tienen un proceso de investigación periodística. Así fueron hechas
Cien años de soledad
, de García Márquez, o
Yo, el Supremo
, de Augusto Roa Bastos, por ejemplo. Yo creo que para poder fabular uno primero tiene que conocerlo todo sobre lo que va a escribir. No se puede fabular con la ignorancia y el desconocimiento. La novela tal cual yo la veo no solo es un proceso de escritura, sino también de investigación. En general, la novela contemporánea trabaja mucho en esa dirección. Flaubert escribía de ese modo, igual que Dumas, y hoy Claudio Magri, Don Delillo, Julián Barnes".
Martínez vive en Estados Unidos, pero no le saca el ojo a Argentina y Latinoamérica. Esos temas son los que reflejan sus columnas en
El País
de España,
La Nación
de Argentina o
The New York Times
. "Acá, en Estados Unidos, no miran mucho lo que pasa afuera -se lamenta-. Es terrible. Una vez me pasó que un estudiante mío confundió Buenos Aires con Kuala Lumpur. Para un norteamericano medio, todo es igual: es lo mismo un guatemalteco que un argentino, un paraguayo o un boliviano. No hay diferencia".
En
El cantor de Tango
, Martínez describe los agitados meses de diciembre del 2001, cuando en Argentina renunciaron cinco presidentes en una semana, mientras la gente incendiaba bancos reclamando su dinero atrapado en "el corralito". Hoy, dice él desde la distancia, las cosas cambiaron en el país de Maradona y Gardel: "Veo elementos positivos. Por primera vez hay un viento favorable, un buen ánimo colectivo que puede ayudar a hacer mejor las cosas. Pero por otro lado existe un nivel de pobreza insoportable, que hace muy difícil plantear un crecimiento real. Me parece que el gran problema de los argentinos es que no tenemos un rumbo. No sabemos qué país queremos. Aún estamos reparando huecos y dolores del pasado, lo cual está muy bien, pero tenemos que definir nuestro proyecto de país".
"Tomás Eloy", como lo llaman todos en el ambiente literario americano, es un apasionado de la literatura. Dice que escribir uno de sus libros le lleva entre dos y tres años. Hubo veces, cuenta, que ha reescrito sus borradores en más de tres oportunidades antes de encontrar el estilo perfecto. Cuando trabaja se encierra en su casa de Highland Park, y apenas atiende el teléfono, siempre y cuando reconozca en el contestador a alguna voz amiga. Empieza la escritura a la mañana, y sigue hasta más allá del atardecer, cuando ya no le sale nada para pasar al papel. Le llevó años encontrar el secreto para liberar su escritura: "Cuando el escritor logra sacar su propia voz y su propio tono, encontró su mundo. Ese es un trabajo interno que lleva largo tiempo. Uno puede ejercitarse indefinidamente pero tiene que tener la voluntad de ser leal con uno mismo para contar lo que de veras es. Recién se cuenta bien y se sueltan las cosas hacia afuera. Suelta sus 'perros', como digo yo. Pero hay que tener mucha voluntad, y eso no es fácil. Para escribir, como para cualquier otra operación del alma, como pintar, uno necesita ser uno mismo para desinhibirse. Gauguin, por ejemplo, tuvo que refugiarse en una isla de Tahití para encontrarse a sí mismo. Eso es lo principal, lo más laborioso".
Pasan las horas en Highland Park y Tomás Eloy Martínez tiene hambre. Invita a comer: "Hay un restaurante de comida de Etiopía. Es muy bueno, se come con la mano, las porciones son enormes. Eso sí, después uno tiene que irse a dormir la siesta", sonríe. No parece disgustarle eso de acostarse un rato. Está dicho: Martínez se comunica con sus musas cuando sueña. Si los sueños se pudieran poner en una balanza, los suyos valdrían su peso en oro.
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