Oporto y el Duero
El norte es una de las zonas turísticas lusas
más completas, con aguas termales, arenosas playas, montañas, campos,
así como un vasto patrimonio arquitectónico y una intensa actividad
cultural, a la que en junio se sumará la Eurocopa de Fútbol, con
cinco de los diez estadios concentrados en esta región.
Mónica Ameijeiras JAM
EFE REPORTAJES
mosaico@prensa.com
Las tradiciones más nobles están alojadas
en la belleza natural de la región más antigua de Portugal, el Norte,
con una densa vegetación y una profunda riqueza histórica, vecina
de Galicia, con la que presenta muchas similitudes y complicidades.
Los ríos, las cascadas, las vides y las verdes siembras de los terrenos
fértiles contrastan en toda la región con la austeridad de la piedra
de los monumentos de los centros urbanos.
Fue aquí donde nació a comienzos del siglo XII el
primer rey de Portugal, Don Alfonso Henriques, nieto de Alfonso
VI de Castilla, que proclamaría primero y extendería después su
reino hacia el sur, en lo que fue considerado uno de los grandes
hechos históricos de la reconquista cristiana.
La región norte de Portugal, desde la frontera española
de Galicia hasta Aveiro, abarca los ríos Miño, Lima y Duero. Pero
el norte es también sinónimo de frondosos parques nacionales, como
Peneda-Gerés o el valle vinatero del Duero, declarado Patrimonio
de la Humanidad, o la ruta de la Luz, que tiene en Aveiro su eje.
La línea costera del norte luso alterna pinares,
dunas y marismas, como antesala de playas fantásticas, aunque de
frías aguas. Y al adentrarse hacia el interior de las zonas rurales,
por los valles del Miño o el Duero, el paisaje también es muy atractivo
y salpicado de pueblos donde todavía se vive al modo tradicional.
La herencia de un pasado distante se ve por todos
los lados, desde los excelentes solares y mansiones blasonadas,
hoy convertidas en alojamientos donde se pueden combinar tradición
aristocrática y hospitalidad.
Además, también se puede disfrutar de una variada
gastronomía, regada siempre con leves y acidulados vinos, como los
verdes, de "dueros" ricos de matices, tanto tintos, como blancos,
y de los cálidos y dulces "oportos". Igualmente hay gran variedad
de artesanía, que van del brillo de la filigrana en oro y plata
al color de los bordados.
O Porto, alegre y trabajadora
Oporto es la capital indiscutible del norte, en
cuyo nombre está el origen de la denominación de todo el país y
cuyos vinos generosos han llevado su dulzor al resto del mundo,
aunque las bodegas donde duermen a la espera de ser consumidos están
en la vecina Gaia, apenas separada por la hoz del Duero y rival
incansable.
"Porto", como dicen los portugueses, puede ser un
inmejorable punto de partida para conocer el norte, pero antes hay
que dedicar algún tiempo a conocerla y disfrutar de sus gentes,
laboriosas, liberales y emprendedoras.
A los de Oporto se les apoda "tripeiros" por su
afición a comer tripas, es decir, callos, desde que el Infante Dom
Henrique el Navegante organizase la flota que arrebato Ceuta a los
musulmanes. En su ánimo de abastecer a la expedición, les entregaron
todo lo que tenían de comer y apenas se quedaron con las vísceras
de los animales para su sustento. Nadie debiera, por tanto, dejar
atrás la ciudad sin degustar sus famosas "tripas a modo do Porto".
Alzada en la desembocadura del río Duero, sus casas
descienden por las laderas de granito hasta el río y acogen el centro
histórico de esta ciudad a la que en 1996, la UNESCO proclamó Patrimonio
de la Humanidad por su inmensa riqueza monumental, la mayoría levantada
en el siglo XVI, de estilos románico y barroco.
Desde Gaia, donde están las bodegas que atesoran
el vino de Oporto, que en verano se pueden recorrer en un pequeño
tren y donde ofrecen catas, la ciudad resulta deslumbrante reflejada
en las aguas del río.
En Oporto hay mucho por ver, como la Sé (catedral),
con una magnífica vista sobre la ciudad, o la Torre de los Clérigos,
obra maestra del barroco, con sus 240 escalones. Pero la zona más
típica es la ribera del río, donde se levanta la Casa del Infante,
con estrechas y serpenteantes callejuelas, bares y cafés.
También vale la pena ver los cinco puentes sobre
el Duero, aunque sobre todo los dos más impresionantes, el de Don
Luiz I y el de Dona María Pia, proyectado por Gustav Eiffel y destinada
al transporte ferroviario, ambos del siglo XIX, en pleno auge industrial
y comercial, que fue clave para el desarrollo de la ciudad.
De ese tiempo son la gran estación de Sao Bento
y sus bonitos azulejos, la estación de Campaña y la impresionante
fachada neoclásica de la Bolsa.
Para amantes del arte moderno, Oporto ofrece numerosas
galerías, y sobre todo el Museo Serralves, incluido el edificio
que lo alberga, obra del reconocido Alvaro Siza Vieira.
Además, la ciudad tiene una larga tradición de cafés,
antaño refugio para hablar de política, literatura o de cualquier
materia, aunque el que mejor ha conservado ese carácter es el de
la vía Catarina. Para los jóvenes en busca de diversión, hay que
ir a Foz, a la Rotonda de Boavista o Matonsinhos, la playa portuense.
Duero vinatero
Al sur, caracterizado por la belleza de su paisaje
y riqueza patrimonial está la región del Duero Vinatero, donde en
terrazas escalonadas obras de años de paciente trabajo, crecen las
cepas de las que salen los caldos que dan fama a la región, tanto
los "douros", como los Oportos, y también los espumantes "raposeira"
y "murganheira" y los reputados aguardientes o "bagaços". El otoño
parece un tiempo ideal para recorrer el Duero, en coche, en tren
o en barco.
Esos vinos riegan los guisos de cabrito, conejo,
perdiz o liebre de una región donde abunda la caza. Pero la región
ofrece también jamones, castañas y otras especialidades en las que
no hay que pasar por alto la repostería, con el "Pao de ló" (bizcocho),
"chila al horno", rosquillas o los sugerentes "bolos de amor".
No lejos está uno de los últimos descubrimientos
de Portugal, los grabados rupestres del Valle de Coa.
Si se opta por el sur de Oporto, la mirada se desvía
inequívocamente hacia Aveiro, llamada con cierta pretensión "la
Venecia de Portugal", por sus canales y sus barcos "moliceiros"
que recuerdan remotamente a las góndolas. Su ría, encerrada por
arenales, es rica en mariscos bivalvos. Pero también llaman la atención
sus fachadas de azulejería.
La ría de Aveiro es fruto de la formación de cordones
litorales que, desde el siglo XVI, formaron una laguna considerada
uno de los más importantes y bellos accidentes hidrográficos de
la costa portuguesa. Con 11,000 hectáreas, de las que 6,000 están
siempre inundadas, tiene cuatro canales principales, llamados de
las Pirámides, Central, de los Santos Mártires y de San Roque, ramificados
en otros que forman un intrincado laberinto de islas e islotes.
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