Panamá, 20 de junio de 2004
 
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Oporto y el Duero

El norte es una de las zonas turísticas lusas más completas, con aguas termales, arenosas playas, montañas, campos, así como un vasto patrimonio arquitectónico y una intensa actividad cultural, a la que en junio se sumará la Eurocopa de Fútbol, con cinco de los diez estadios concentrados en esta región.

Mónica Ameijeiras JAM
E
FE REPORTAJES
mosaico@prensa.com

Las tradiciones más nobles están alojadas en la belleza natural de la región más antigua de Portugal, el Norte, con una densa vegetación y una profunda riqueza histórica, vecina de Galicia, con la que presenta muchas similitudes y complicidades. Los ríos, las cascadas, las vides y las verdes siembras de los terrenos fértiles contrastan en toda la región con la austeridad de la piedra de los monumentos de los centros urbanos.

Fue aquí donde nació a comienzos del siglo XII el primer rey de Portugal, Don Alfonso Henriques, nieto de Alfonso VI de Castilla, que proclamaría primero y extendería después su reino hacia el sur, en lo que fue considerado uno de los grandes hechos históricos de la reconquista cristiana.

La región norte de Portugal, desde la frontera española de Galicia hasta Aveiro, abarca los ríos Miño, Lima y Duero. Pero el norte es también sinónimo de frondosos parques nacionales, como Peneda-Gerés o el valle vinatero del Duero, declarado Patrimonio de la Humanidad, o la ruta de la Luz, que tiene en Aveiro su eje.

La línea costera del norte luso alterna pinares, dunas y marismas, como antesala de playas fantásticas, aunque de frías aguas. Y al adentrarse hacia el interior de las zonas rurales, por los valles del Miño o el Duero, el paisaje también es muy atractivo y salpicado de pueblos donde todavía se vive al modo tradicional.

La herencia de un pasado distante se ve por todos los lados, desde los excelentes solares y mansiones blasonadas, hoy convertidas en alojamientos donde se pueden combinar tradición aristocrática y hospitalidad.

Además, también se puede disfrutar de una variada gastronomía, regada siempre con leves y acidulados vinos, como los verdes, de "dueros" ricos de matices, tanto tintos, como blancos, y de los cálidos y dulces "oportos". Igualmente hay gran variedad de artesanía, que van del brillo de la filigrana en oro y plata al color de los bordados.

O Porto, alegre y trabajadora

Oporto es la capital indiscutible del norte, en cuyo nombre está el origen de la denominación de todo el país y cuyos vinos generosos han llevado su dulzor al resto del mundo, aunque las bodegas donde duermen a la espera de ser consumidos están en la vecina Gaia, apenas separada por la hoz del Duero y rival incansable.

"Porto", como dicen los portugueses, puede ser un inmejorable punto de partida para conocer el norte, pero antes hay que dedicar algún tiempo a conocerla y disfrutar de sus gentes, laboriosas, liberales y emprendedoras.

A los de Oporto se les apoda "tripeiros" por su afición a comer tripas, es decir, callos, desde que el Infante Dom Henrique el Navegante organizase la flota que arrebato Ceuta a los musulmanes. En su ánimo de abastecer a la expedición, les entregaron todo lo que tenían de comer y apenas se quedaron con las vísceras de los animales para su sustento. Nadie debiera, por tanto, dejar atrás la ciudad sin degustar sus famosas "tripas a modo do Porto".

Alzada en la desembocadura del río Duero, sus casas descienden por las laderas de granito hasta el río y acogen el centro histórico de esta ciudad a la que en 1996, la UNESCO proclamó Patrimonio de la Humanidad por su inmensa riqueza monumental, la mayoría levantada en el siglo XVI, de estilos románico y barroco.

Desde Gaia, donde están las bodegas que atesoran el vino de Oporto, que en verano se pueden recorrer en un pequeño tren y donde ofrecen catas, la ciudad resulta deslumbrante reflejada en las aguas del río.

En Oporto hay mucho por ver, como la Sé (catedral), con una magnífica vista sobre la ciudad, o la Torre de los Clérigos, obra maestra del barroco, con sus 240 escalones. Pero la zona más típica es la ribera del río, donde se levanta la Casa del Infante, con estrechas y serpenteantes callejuelas, bares y cafés.

También vale la pena ver los cinco puentes sobre el Duero, aunque sobre todo los dos más impresionantes, el de Don Luiz I y el de Dona María Pia, proyectado por Gustav Eiffel y destinada al transporte ferroviario, ambos del siglo XIX, en pleno auge industrial y comercial, que fue clave para el desarrollo de la ciudad.

De ese tiempo son la gran estación de Sao Bento y sus bonitos azulejos, la estación de Campaña y la impresionante fachada neoclásica de la Bolsa.

Para amantes del arte moderno, Oporto ofrece numerosas galerías, y sobre todo el Museo Serralves, incluido el edificio que lo alberga, obra del reconocido Alvaro Siza Vieira.

Además, la ciudad tiene una larga tradición de cafés, antaño refugio para hablar de política, literatura o de cualquier materia, aunque el que mejor ha conservado ese carácter es el de la vía Catarina. Para los jóvenes en busca de diversión, hay que ir a Foz, a la Rotonda de Boavista o Matonsinhos, la playa portuense.

Duero vinatero

Al sur, caracterizado por la belleza de su paisaje y riqueza patrimonial está la región del Duero Vinatero, donde en terrazas escalonadas obras de años de paciente trabajo, crecen las cepas de las que salen los caldos que dan fama a la región, tanto los "douros", como los Oportos, y también los espumantes "raposeira" y "murganheira" y los reputados aguardientes o "bagaços". El otoño parece un tiempo ideal para recorrer el Duero, en coche, en tren o en barco.

Esos vinos riegan los guisos de cabrito, conejo, perdiz o liebre de una región donde abunda la caza. Pero la región ofrece también jamones, castañas y otras especialidades en las que no hay que pasar por alto la repostería, con el "Pao de ló" (bizcocho), "chila al horno", rosquillas o los sugerentes "bolos de amor".

No lejos está uno de los últimos descubrimientos de Portugal, los grabados rupestres del Valle de Coa.

Si se opta por el sur de Oporto, la mirada se desvía inequívocamente hacia Aveiro, llamada con cierta pretensión "la Venecia de Portugal", por sus canales y sus barcos "moliceiros" que recuerdan remotamente a las góndolas. Su ría, encerrada por arenales, es rica en mariscos bivalvos. Pero también llaman la atención sus fachadas de azulejería.

La ría de Aveiro es fruto de la formación de cordones litorales que, desde el siglo XVI, formaron una laguna considerada uno de los más importantes y bellos accidentes hidrográficos de la costa portuguesa. Con 11,000 hectáreas, de las que 6,000 están siempre inundadas, tiene cuatro canales principales, llamados de las Pirámides, Central, de los Santos Mártires y de San Roque, ramificados en otros que forman un intrincado laberinto de islas e islotes.


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