Mi padre y el béisbol
Boris Gomez
Especial para La Prensa
deportes@prensa.com
Cuando Chiriquí perdió la serie final de
béisbol mayor del año 2003 ante Herrera, el cardiólogo de mi padre,
Jaime Dutary, me pidió que no le dejara el radio en el hospital
para evitar que sufriera escuchando los partidos.
Pensé que era inhumano dejar a don Tino Gómez desconectado
del mundo y desobedecí al galeno, decisión de la que me arrepiento.
Chiriquí empezó a perder y eso a todos sus fanáticos
le causaba dolor de cabeza. Era un sabio consejo el de Dutary. Papá
me confesó, luego de salir recuperado de una dolencia cardiaca,
que ante la sequía de carreras decidió darle el aparato receptor
a las enfermeras pero la angustia era peor al no saber cómo iba
el juego. "En el hospital se vivía frustración y el personal se
agarraba de los cabellos con lamentos cuando dejaban hombres en
circulación", me contó.
No era lo mejor para un paciente cardiaco estar
sufriendo por el slump de Virgilio Kaa, Rodolfo Aparicio y Víctor
Preciado.
La relación entre padres e hijos por el béisbol
a veces es muy cerrada y no siempre nos damos cuenta.
Hace algunos años mientras disfrutaba de un día
libre en mi trabajo, tuve tiempo de ubicarme en la gradería de sol
del estadio Kenny Serracín.
Chiriquí le ganaba fácilmente a la tropa santeña
en un partido de serie regular y de pronto el chico de 5 años, vecino
de mi asiento preguntó preocupado a su padre: ¿Papá, por qué Chiriquí
no va a batear en la última entrada y Los Santos sí?
De chico cuando te dicen que el equipo que viste
de verde y rojo es el tuyo lo empiezas a respaldar aunque aún no
te conozcas las reglas y el niño no quería concederle ventaja a
los santeños, al punto que exigía que Chiriquí atacara en la novena,
siendo local y a pesar de estar ganando. De hecho hay miles de adultos
que no conocen los reglamentos esenciales e igual son seguidores.
Tienen todo el derecho.
El tiempo se me congeló en ese momento. Era la misma
pregunta que tres décadas atrás le había hecho yo también a mi papá
quien seguramente escuchaba en ese momento el juego por la radio.
Puse especial atención a la respuesta. El padre
no me defraudó y le contó a su hijo que ya Chiriquí había hecho
más carreras que los visitantes y no era necesario que bateara pues
ganaba el juego al final de la novena.
"Si el juego está empatado o si vamos perdiendo
entonces bateamos en el noveno", explicó.
Ese muchacho había tenido el privilegio de oír de
voz de su progenitor una de las reglas del béisbol, deporte que
le apasionará por siempre.
El tema béisbol es una excelente manera para iniciar
una relación con los niños. Cuando me casé, mis sobrinos políticos
creían que el terreno del Fenway Park de Boston era dos veces el
de los estadios nacionales. Me costó mucho hacerlos entender que
el terreno y la pelota eran iguales pero no las graderías y los
salarios de los peloteros. Gané confianza y abrió puertas para hablar
de otras cosas.
Haber tenido la paciencia para explicarles estas
cosas viene de la infancia. Con mi papá aprendí del béisbol acompañándolo
a los estadios, pues es un árbitro retirado y viendo la serie mundial
narrada por los desaparecidos Hernán Botello y Arquimedes Fernández.
Decidí ir en su contra en la serie mundial de 1975
cuando entendí lo hermoso que era ese deporte. Fue la única vez
en que mi madre y yo apoyamos al mismo equipo. Los Rojos de Cincinnatti
vencieron a los Medias Rojas en siete dramáticos juegos. Lo único
que no le voy a perdonar es no haberme despertado en la madrugada
del sexto juego y haberme perdido, por cansancio, el cuadrangular
de Carlton Fisk en Boston que empató el clásico de otoño.
Una vez acompañé a mi padre a un partido de categoría
juvenil del campeonato local que se jugaba de noche. En el intermedio
del episodio, papá, que estaba en el home se quitó la máscara protectora
y una pelota lanzada en el calentamiento por el pitcher dio un mal
bote y lo golpeó en la cara.
Menuda silbatina le propinaron. El único que estaba
a su favor era yo. Al terminar el partido salió disgustado del estadio.
La cosa estaba seria pues no pasó a tomarse el vaso de chicha que
mi hoy difunta abuela le preparaba cada vez que escuchaba el viejo
Wolkswagen pasar por la avenida Obaldía hacia el estadio de David.
No quería que mi abuela le pidiera explicaciones
por el ojo morado, por eso no pasó. Yo ya me empezaba a poner triste
pues tampoco me comentaba nada sobre el juego. Poco antes de llegar
a casa, luego de superar la calle del cementerio municipal, se me
quedó mirando y procedió a sobarse el ojo morado.
En su mente quedaba la duda de si los juveniles
lo habían hecho a propósito. Lo supe al escucharlo mientras se masajeaba
y esbozó una mueca que combinaba una irónica sonrisa y un poco de
rencor enfadado: "Pero perdieron, carajo. Por lo menos ellos perdieron
el juego".
Se desahogó y reímos brevemente hasta llegar a la
casa.
Ya cumplió 73 y no he podido darle nietos varones
para que les explique las reglas. Sigue inquieto y estaría dispuesto.
Hace 30 años que me explicaron la razón por la que
los equipos de casa no batean, si están en ventaja, la parte baja
del noveno. Si usted amigo lector es padre, por favor explíquele
eso a su hijo, estoy seguro de que nunca lo olvidará.
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