Panamá, 4 de abril de 2004
 
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Semana Santa: su mitología vernacular

Curiosas tradiciones y leyendas componen los denominados mitos de la Semana Mayor, el apartado fantástico religioso que le da el toque autóctono a esta celebración universal

Roberto Quintero
rquintero@prensa.com

Más allá de recordar la Pasión de Cristo, la Semana Santa se compone también de otros elementos, un tanto mágicos, la verdad, pero sin ellos la experiencia no sería igual.

Seres misteriosos, macabros, siniestros y espeluznantes se mueven al margen de la ley divina, trascienden las barreras de lo real y lo posible creando una atmósfera densa e intranquila que cubre estos días de reflexión.

Eso por un lado, ya que no podemos olvidar las tradiciones, un tanto descabelladas, pero con un fuerte arraigo en la mente del panameño. Tanto que algunos las toman como verdades científicas.

Ambas, tradiciones y leyendas componen los denominados mitos de Semana Santa, el apartado fantástico religioso que le da el toque panameño a esta celebración universal.

Algunos seres de la noche

Pues sí que los hay, y para todos los usos. Aquellos que abandonan la procesión de Viernes Santo antes de tiempo deben tener cuidado, porque anda suelto El padre sin cabeza (poner música de fondo, por favor).

Miren si es buena gente, que antes de aparecer se anuncia tocando una campanita con tono de ultratumba, para que nadie diga que lo agarraron con los pantalones abajo.

El mito del padre sin cabeza tiene por origen la Villa de Los Santos, pero algunos afirman que de vez en cuando le gusta asustar gente de otras partes. Además, se dice que presa del aburrimiento, se adelanta y gusta de meter miedo fuera de temporada. Qué te puedo decir, un hombre sin límites.

Ahora bien, fuera de la campanita, porta en su mano izquierda (¿es comunista?) una carta que a todos quiere entregar, según los aterrorizados que han vivido para contarlo.

¿No sería mejor que en vez de estar buscando un destinatario, dedicara su tiempo a causas más altruistas como encontrar su cabeza, por ejemplo? Bueno, seguro el pobre no puede pensar (chiste cruel).

Cuenta la historia que el padre sin cabeza fue un misionero en tiempos de la conquista y fue decapitado en el Cerro de Juan Díaz donde vivía un cacique poderoso.

Ahora es un ánima que vagabundea tratando de contactar a sus familiares en España por medio de la carta que nadie se atreve a tomar (podría mandar un e-mail , ¿no?). Otros plantean que en la misiva va el secreto de su trágica historia.

Otro que anda por allí rondando es Señiles, que a pesar de ser "un espíritu bueno", tiene su pasado trágico.

Al muy cabezón se le ocurrió salir a cazar un Viernes Santo, en tiempos en que era tal el respeto por la Semana Mayor que la gente no se atrevía a comer siquiera, ni bañarse (¡qué pritty !).

Dicen que él era un hombre muy creyente, por lo que seguro la osadía fue provocada por una tentación maligna (clásica, escuchó un disco de Kiss al revés).

Lo cierto es que salió de casa y nunca más volvió. Desde entonces se escuchan por las noches tres gritos macabros, y cuando eso ocurre los animalitos del monte desaparecen durante tres días, evitando que los cazadores los tomen por presa.

Testigos que lo han visto afirman que ahora se declara "protector de los animales", por encargo de Dios, y señalan que lo más que hace es despistar a la gente con falsas direcciones, prometiendo una buena caza.

A Señiles se le conoce por los lados de Ocú, Pesé y Las Minas, hasta Las Tablas, Macaracas y Tonosí.

Otro que se pasó de listo fue el cholo José, que se fue a trabajar un Viernes Santo. La diferencia es que a este sí lo pintan como un avaro y codicioso materialista que bien merecido tiene lo que le pasó.

Este se conoce como el mito de las tres piedras negras del chorro de La Chorrera ('ta cerca, ¡juegen vivo los capitalinos!).

Este pobre no sale a asustar, porque quedó petrificado literalmente. Aprovechando que la competencia estaba cerrada, se dispuso a vender sus productos al precio que le diera la gana.

Se enrumbó, y sin saber cómo ni por qué terminó perdido, cerca del chorro. De pronto escuchó una voz que lo llamó, buscó y buscó hasta encontrar una joven y bella muchacha que lo observaba.

Tenía en sus manos dos totumas, una con oro y otra con agua. Se las ofreció, el cholo embelesado se fue por el oro (yo hubiera hecho lo mismo) y pacatán, en castigo por querer ser rico ella lo regañó, y le echó el agua encima.

José quedó paralizado, al tiempo se fue petrificando y en un santiamén se partió en tres piedras, que rodando y rodando al chorro fueron a parar.

¡Qué tradiciones las nuestras!

Algunas son muy curiosas, por no decir otra cosa. Pero aunque algunos no crean en ellas -y otros no puedan dejar de creer en ellas-, lo cierto es que forman parte de la idiosincracia del panameño.

Algunas de las más conocidas:

No te bañes ni en ríos ni en playas en Viernes Santo, porque en sardina te has de convertir.

No obstante, a mí lo que me prohibían era bañarme después del mediodía, sin importar dónde o cómo, porque escamoso me pondría, pero ahora lo comento y nadie parece recordarla de esa forma. ¿Me congueó mi madre?

Tanto era el estrés que todo contacto con el agua me asustaba, hasta lavarme las manos me daba miedo.

Mantente lejos de los árboles, no sucumbas ante la tentación de treparlos, porque convertido en mono has de terminar. Te sale una colita bien antiestética.

Siguiendo con los árboles, pues te mantienes lejos dependiendo de lo que quieras. Algunos se sacan el estrés cuereando a los árboles que no dan frutos, porque se cree que dándole con la correa el Viernes Santo a la medianoche se logra que produzcan.

Eso sí, prohibido cortar árboles con machete, porque se cree que es como si estuvieras macheteando al propio Jesús.

Bueno, en síntesis se cree que todo está prohibido, y durante esos días no debes hacer más que ir a la iglesia, sobre todo en Viernes Santo.

Aunque tal inactividad poco se practica en estos días, aún hay gente que ni comer quiere, por exagerado que parezca. No hacen más que reflexionar.

También se cree que durante la Semana Mayor hay almas en pena que revelan -sobre todo a familiares- el paradero de valores personales -dinero o joyas- que enterraron antes de morir.

Uno debe esperar a la medianoche del Viernes Santo para salir a buscarlo, porque justo en ese momento se ablanda el suelo bajo el que reposa enterrado "el tesoro".

Eso sí, cuentan los que saben que conforme te vas acercando al lugar escucharás que te llaman, sentirás que te persiguen o te tocan la espalda buscando tu atención. Por nada del mundo voltees, porque la tierra se pondrá dura otra vez y nunca encontrarás lo que buscas.

Me cuenta una amiga que los negros no comen pan durante estos días, porque es como comer el cuerpo de Cristo. De allí surge el popular dulce llamado bon -que se deriva de un panecillo que se llama hot cross bun, según me contó otra amiga-.

Yo el dulce lo conozco de toda la vida, pero no conocía el origen. Fuera de que me comentaron, además, que se hace con agua de muertos, la que usan para bañarlos (¿?). Curioso, ¿no?

Cada loco con su tema, pero otra tradición bizarra -de los últimos años, sobre todo en la capital- es hacer largas filas en supermercados y bodegas, media hora antes de la medianoche, para así comprar todo el guaro que se pueda antes de que caiga la ley seca.

Esa va unida a la de procurarse grandes borracheras de indio, mientas otros ejecutan una veneración a la botella. La ponen en el centro de la mesa y se sientan en grupo a no hacer más que velarla, esperando ansiosamente que caiga el Sábado de Gloria. ¿A quién quieren engañar?

Y más representativo todavía es formar un gran rumbón ya el sábado, aprovechando que ahora sí pueden poner música y menearse hasta el piso. Seguro están contentos porque se acerca la Pascua de Resurrección.

En playas como Coronado y Gorgona -por ejemplo- todos parquean su carro con la música a todo volumen, y aquello parece un vil Carnaval, solo que sin reinas ni culecos.


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