Panamá, 4 de abril de 2004
 
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Raíces
Las corridas de toros

Harry Castro Stanziola
Fotografía: Ricardo López Ariasrevista@prensa.com

Tiempos hubo tanto en la ciudad capital, como en casi todas las poblaciones del interior del país, que en algunas de sus plazas se llevaron a cabo, no sólo corridas de toros, sino también presentaciones de circos, certámenes gimnásticos, representaciones teatrales, diversos juegos como el de la cucaña o palo ensebado, los de azar y muchas otras diversiones más. La actualmente conocida como Plaza de Herrera,recibió su nombre en honor del general Tomás Herrera (1804-1854), panameño que declaró la fundación de la primera República del Istmo, fue su primer presidente, participó en batallas libertadoras muy importantes (ejemplo, la de Ayacucho), al lado de Antonio José de Sucre, y en otras junto a Bolívar, para terminar muriendo y batallando por las mismas causas, en una calle de Bogotá. Esta plaza anteriormente se llamó "del Triunfo", y es la que hoy vemos aquí. La fotografía fue tomada seguramente un 28 de noviembre, Día de la Independencia de España, y lo que sí es seguro -porque así fue anotado- en 1897, para mayor precisión. Una corrida de toros es la que se desarrollaba en los momentos de la toma. De seguro que el gobernador de turno, en aquel estado en esos momentos colombiano por propia adhesión panameña, y un enorme público de todos los estratos sociales y sobre todo económicos, se habían dado cita allí. Con excepción de la casona de dos pisos del frente, las del costado izquierdo casi conservan las mismas características que aún poseen en la actualidad. Al fondo se ve una de las torres de la Iglesia Catedral. A juzgar por el inmenso público, y considerando la poca población de la pequeña ciudad de Panamá de esos tiempos, el éxito de las fiestas estuvo totalmente asegurado. Muy parecidas en su desarrollo fueron las corridas de toros en nuestro interior. Con posterioridad, y ya avanzado el siglo XX, existió una bien provista y trazada plaza de toros llamada de Vista Alegre, allá en Perejil y que fue propiedad de Domingo Díaz Arosemena. Toreros famosos tales como Gallito, se presentaron allí. También se presentaron en el mismo local funciones de boxeo y luchas entre diversos animales (caimanes contra tigres, leones contra toros) por cierto, todos muertos de hambre, así como los flacos caballos. También se presentaron otros curiosos espectáculos más.

No es esta la primera vez que en "Raíces" se trata el tema de las corridas de toros, espectáculo que tiene millares de enemigos, pero al cual, el que esto firma, siempre desde cuando era joven le ha tenido grande afición.

Corridas de toros, pero muy diferentes a lo que son ahora, ya que hoy están llenas de reglamentos que hacen que se respete y se proteja casi más al toro que al torero, lo cual no deja de estar bien, se celebran por centenares en diferentes pueblos y países del orbe, pero fue en España donde realmente y como las conocemos hoy, las corridas tuvieron una debida organización.

Se dice que Rodrigo Díaz de Vivar, el legendario héroe conocido como el Cid Campeador, por allá en los años del siglo XI de nuestra era, fue el primero que se atrevió a lidiar un toro. A ver quién lo puede comprobar. Poco faltó para más que pronto esa actividad se lograra popularizar y hombres de todas las capas sociales se dedicaron en una u otra forma a participar en ella.

La literatura en español está llena de historias, biografías, relatos, diccionarios, enciclopedias dedicadas al toreo. La poesía no se ha quedado atrás de manera especial relatando las muertes de muchos toreros.

Eso, cuando no lo hacían los mismos afectados. A Manuel Sánchez, el de Montelón, lo empitonó un toro, y pocos momentos antes de morir dejó escrito: "Compañeros, yo me muero; amigos, estoy muy malo; tres pañuelos tengo adentro, y este que me meto son cuatro". Leandro Fernández de Moratín, Federico García Lorca y muchos otros poetas escribieron sobre el mismo argumento.

Daniel Tapia en su Historia del Toreo publicada en 1992 por Alianza Editorial cita los episodios anteriores y nos dice que fue Francisco Romero el primero de una larga dinastía de toreros, el precursor que en 1776 se enfrentó de pie ante un terrible toro para matarlo de una certera estocada seguido de un elegante y certero giro de su cuerpo que le evitó el ser empitonado por el morlaco o toro de lidia como también le suelen llamar.

Parece que ya desde el siglo XVII el Duque de Medina y de Rioseco fue el autor del primer reglamento escrito que desde entonces y tras múltiples cambios ha regido en las corridas de toros.

Y miren qué casualidad, otro caballero también con título nobiliario, pero esta vez inglés, fue el primero que redactó las reglas de otro deporte considerado para muchos como salvaje. Nos referimos al octavo Marqués de Queensberry el que también logró que a Oscar Wilde lo mandaran a prisión acusado de homosexualismo ya que convivía con un hijo del marqués.

Toreros los ha habido que han resultado no sólo verdaderos artistas de su arte, sino también poseedores de un valor que muy pocos los pueden poseer.

Como vuelve y nos lo recuerda el libro ya citado de Daniel Tapia, muchos toreros murieron ancianos y sobre su cama. Tales son los casos de Castillares, de Pedro Romero y de su descendiente de nombre Juan que falleció a los 102 años. Pero también hubo muchos que murieron a causa de horribles cogidas. Recordemos a unos cuantos y famosos: Antonio Romero, Curro Guillén, José Gómez "Gallito" o también "Joselito", Pepe Hillo, Espartaco, Ignacio Sánchez Mejías (a él fue quien le dedicó versos García Lorca), Manolete, Paquirri y muchos más.

América Latina también ha tenido grandes toreros profesionales de fama mundial. Es así como en México, Colombia, Venezuela, el Perú y el Ecuador hombres como Arruza, Curro Girón y muchos más brillaron en esa constelación.

Como parece que ya de toros han de estar hastiados, suspendamos aquí, lamentando, eso sí, el tener también que repetir que en Panamá hubo una magnífica y completa plaza de toros, además de una magnífica afición que los especuladores de ahora se encargaron de acabar.


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