Panamá, 4 de abril de 2004
 
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La crónica del Gólgota

Si la ola cristológica despertada por Gibson logra sensibilizar a los espectadores para que la cruz de Cristo sea más que un adorno colgado en el pecho, el filme habrá llenado un propósito más allá que el de entretener o causar llanto

Demetrio Olaciregui Q.

Después del interminable sufrimiento al que es sometido Cristo, es difícil rescatar el mensaje. El derrame de sangre no solo salpica a los sádicos y deicidas soldados romanos, la fuerza de ocupación de la entonces Palestina, sino que también llega hasta las butacas de los cines alrededor del mundo. Con la visión nublada por las lágrimas, impactados en la retina y el alma, los espectadores salen confundidos con la película. En tiempos de la globalización, de la orfandad espiritual, de engendros como el terrorismo, de retrocesos en el camino de la tolerancia, hay que promover la vida, no la destrucción y la muerte.

Mel Gibson, quien sobrevivió a las drogas, al alcohol y a intentos de suicidio para luego refugiarse en un catolicismo fundamentalista, sintetiza las últimas 12 horas de la vida de Cristo. La angustia indescriptible en el Getsemaní o Huerto de los Olivos, desde donde se domina Jerusalén, antecede a la traición y la captura, a la tortura, la agonía y el asesinato en el Monte Calvario o Gólgota. "Quería que fuera impactante y extrema. Que llevara al espectador al límite y que pudiera experimentar la inmensidad de este sacrificio", dijo Gibson al describir sus intenciones.

Sin embargo, los críticos sostienen que con esta película Gibson quiso acallar su propia conciencia materialista, mezclando la religión y el entretenimiento, el culto por excelencia de la sociedad estadounidense. A la vez que le entrega ríos de sangre a los espectadores, se llena los bolsillos de cataratas de dólares. Con una inversión de 30 millones de dólares, es posible que acumule unos 350 millones de dólares antes del Viernes Santo.

Lo importante, pese a todo, es que la película configurará el sentido que una generación se formará acerca de este Cristo del Hollywood del siglo XXI. Por eso la insistencia en el contenido del mensaje. El filme no debe verse como un espectáculo más. Debe rescatarse algo de la comprensión espiritual. También es la oportunidad para que los cristianos se aproximen con una nueva sensibilidad al relato de los Evangelios. Los no cristianos tienen la posibilidad de ver a Cristo, más allá del personaje histórico, como el ejemplo del ser humano perfecto, al que no puede llegarse por doctrinas ni ideologías, sino por el camino del amor y el perdón.

Las palabras del vacilante Poncio Pilatos logran uno de los puntos climáticos de la película. "Aquí está el hombre", es el resumen de la vida de Cristo. En estos tiempos cuando el ser humano es movido por el poder, el dinero, el sexo, el placer, el consumo, la ciencia, la tecnología, en una palabra, el materialismo, hay un ideario estimulante en el terreno de lo espiritual. Cristo se despojó de todos los atributos y prerrogativas de Dios, tomó la condición del ser humano, y se humilló hasta la muerte más ignominiosa, representada en la crucifixión.

Gibson anticipó las razones de tanto dolor y sufrimiento, con la profecía de Isaías 53, presentada al inicio de la película. Siglos antes del nacimiento de Cristo, el profeta anunció la llegada del Mesías. Un varón de dolores, experimentado en quebrantos, sometido a padecimientos, azotado, herido, abatido, molido por castigos, angustiado, afligido, llevado como oveja al matadero, derramó su vida hasta la muerte. "Por su llaga fuimos nosotros curados", resumió Isaías.

En La pasión de Cristo el espectador no puede tener una actitud contemplativa. Algunos pueden alimentar su apetito por el terror y la sangre. Además, como a nadie se lo puede crucificar de buena manera, la película no es para indiferentes. El filme impacta más allá de los bombardeos y masacres de las guerras de ocupación y de las escenas de atentados terroristas perpetrados por Estados o grupos extremistas, en un frenesí sangriento que deleita a los noticieros de televisión.

A pesar de conclusiones sesgadas, el antisemitismo no está implícito ni es exacerbado en la película. María Morgenstern, que interpreta a la madre de Cristo transida de dolor, es una rumana de origen judío cuyos padres sobrevivieron al holocausto nazi. Las diócesis católicas de Estados Unidos, además, hicieron circular en febrero un documento de 150 páginas instruyendo a sus feligreses sobre la posición del Vaticano que desde 1965 niega que los judíos, en su conjunto, hayan sido responsables de la muerte de Cristo.

Si la ola cristológica despertada por Gibson logra sensibilizar a los espectadores para que la cruz de Cristo sea más que un adorno colgado en el pecho, el filme habrá llenado un propósito más allá que el de entretener o causar llanto. Queda finalmente el mensaje de la tumba vacía. Al demostrar dominio sobre la muerte, Cristo se convierte en el Dios resucitado que consolida la fe del cristianismo. Al recrear el desgarrador sacrificio de Cristo, y su contenido religioso, filosófico y sociológico, el individuo puede reconciliarse con aspectos esenciales de la existencia. Pese a los ejemplos negativos con que tropieza en el diario vivir, puede renovar la dignidad, la fe y la esperanza en el ser humano.

El autor es periodista

Además en opinión

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