El picor mexicano
Violeta Villar Liste
De EFE-Reportajes
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En grandes cestas duermen los pimientos recogidos por manos laboriosas
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Lo cultivan en la aldea de Herbón, pero Padrón, la capital del ayuntamiento, ubicado en la provincia de La Coruña (Galicia), se lleva los méritos. Cuenta la historia que en América aprendieron los monjes franciscanos las virtudes del verde alimento.
“Los pimientos de Padrón, unos pican y otros no”, es frase que como letanía se repite en la boca de quienes conocen esta delicia verde, de unos cuatro centímetros de largo y tres de ancho. Despierta a la vida cuando el calor aprieta.
El estío recuerda a la planta que su origen nada debe al otoño o al invierno. La semilla de los pimientos de Padrón fue traída por los monjes franciscanos desde México en el siglo XVI. Solo crece cuando la nostalgia la empuja a buscar el sol y es tanta la alegría, que a los dos días de recoger el pimiento ya vuelve a estar rebosante de vitalidad.
Al pimiento se le dice de Padrón, pero es de Herbón. A los de Herbón no les hace mucha gracia el asunto, pero tiene su porqué. El municipio de Padrón se encuentra al sur de la provincia gallega de La Coruña, apenas a 20 minutos de Santiago de Compostela, y en el límite de Pontevedra.
Herbón es una aldea pegadita a Padrón. El segundo, a cuenta de capital del ayuntamiento, da nombre al pimiento, si bien en los invernaderos y en las fincas del primero es donde crece fuerte en mayor medida.
Cosas del diablo
La historia no puede continuar sin detenerse en un capítulo puntual, el del convento de Herbón, fundado en el año 1396 por frailes franciscanos, los mismos trajeron de México la esencia: la semilla de los pimientos.
La iglesia actual es del siglo XVIII. El claustro y parte del edificio conventual sí son del XVI.
La Fiesta del Pimiento se celebra al lado del convento, en una hermosa zona natural.
A Daniel Vecino Martínez, conocido como Pinto, y quien siembra y recoge pimientos con el mismo gusto con el cual declama poesía, cuenta lo que le contó un sacerdote: “cuando los franciscanos comenzaron el cultivo del pimiento, conocían la semilla pero no el truco. Es decir, si se deja crecer mucho pica a rabiar. Crecían y crecían y así los comía el pueblo.
El alimento descendía por la garganta como si de fuego se tratara y al ser el fuego lo más parecido al infierno, pensaron los de Herbón: ‘Esto es cosa del demonio y no de Dios”.
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