Una mujer con temple de acero
José Antonio Ardila A.
Hace 50 años, en Taiwan, los padres vendían a sus hijas. No tenían medios para educarlas y, por eso, las entregaban a familias pudientes para que estas cumplieran con esa labor. Annette Lu se salvó dos veces de ser vendida durante su niñez. Sus hermanos la escondieron cuando fueron a buscarla y su padre, resignado, creyó que era un designio divino y decidió quedarse con ella.
Anduvo descalza durante toda su primaria. A los 12 años calzó su primer par de zapatos y en medio de la pobreza, se destacó.
Al cumplir los 19 años se ganó una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad Nacional de Taiwan, donde obtuvo el primer puesto en la carrera de administración judicial. Fue allí cuando se enfrentó a las duras condiciones en las que vivían las demás mujeres taiwanesas. Posteriormente ingresó al Instituto de Postgrado de Derecho en la Universidad Nacional. Tiene, además, una maestría en derecho comparativo de la Universidad de Illinois y debió interrumpir (por asuntos políticos) sus estudios de doctorado en la reconocida universidad de Harvard.
De contextura frágil, pero con temple de acero, Annette Lu fue apresada en 1979 por sus actividades prodemocráticas durante la era de la ley marcial de Taiwan y después de pronunciar un discurso de 20 minutos sobre los derechos humanos. Se la acusó de sedición, se la sentenció a 12 años de prisión y se la despojó de sus derechos civiles. Tenía solamente 36 años de edad.
Cuando llevaba cumplidos cinco años y cuatro meses de sentencia, se le diagnosticó cáncer de la tiroides y por presiones de sus amigos y de Amnistía Internacional salió para recibir tratamiento. Otros cinco años fue mantenida como “prisionera de conciencia”.
Annette Lu es una incansable luchadora feminista; de esas que se preocupan por otras mujeres no para beneficio personal, ni para conseguir posiciones políticas. Ha dedicado toda su vida a luchar por la democracia y los derechos humanos de Taiwan a riesgo de su seguridad personal, y si ha llegado donde está es por un trabajo perseverante, por un amor acendrado hacia su país. Su lucha radica en establecer un sistema de valores razonables para que las taiwanesas sean capaces de desarrollar personalidades independientes y auto respeto. Ella misma se ha pronunciado públicamente a favor de que cada mujer fomente su “autoconciencia, el amor propio, la autofortaleza y la independencia”.
Después de su liberación se dedicó a la difusión de sus principios de “Humanidad, nacionalidad y bondad”, escribiendo acalorados ensayos, ofreciendo discursos públicos y dedicándose al quehacer político. Viajó a la República Popular China en dos oportunidades, la segunda de ellas como delegada de una ONG ante la IV Conferencia de la Mujer. Igualmente, visitó Estados Unidos, varios países de Europa, Japón y Corea del Sur.
En 1991 organizó y dirigió la Alianza para la Promoción del Ingreso de Taiwan en las Naciones Unidas, convirtiéndose en pionera de la promoción de los esfuerzos de Taiwan para participar en la ONU.
En 1992 ocupó un asiento en el “Yuan Legislativo”. Durante su mandato de tres años mantuvo tenazmente su posición en el Comité de Relaciones Exteriores y propuso dos políticas sobre la “normalización de las relaciones entre Taiwan y China continental” y para “convertir el asunto de Taiwan en uno internacional”.
En 1996 ganó la elección para alcalde del distrito de Taoyuan. Durante los 30 meses en el cargo, llevó a cabo una política de reforma ambiental, industrial, cultural y espiritual para purificar, embellecer e internacionalizar el distrito, anteriormente conocido por sus problemas en la recolección de la basura y política controlada por el dinero.
Como alcaldesa no se olvidó de su compromiso con la mujer. Estableció el Centro para la Seguridad de la Mujer y el Niño para ofrecer servicios de orientación por teléfono, asistencia legal y talleres de trabajo para el desarrollo personal.
Desde que fue electa por sufragio universal para ocupar la Vicepresidencia de la República de China, ha dedicado todos sus esfuerzos a fomentar más “el poder de suavidad” de Taiwan, que tiene como esencia los derechos humanos, la democracia, la paz, el amor y la alta tecnología; en contraste con el “poder de rigidez” convencional de otros países que se dedican a la invasión militar.
Muy pocas veces nuestro país se siente honrado con la visita de personajes sobresalientes en la política y en la lucha por los derechos del individuo.
En esta ocasión, recibimos con entusiasmo y respeto a la vicepresidenta de la República de China (en Taiwan), Annette Hsiu-lien Lu.
El autor es economista y docente universitario
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