Panamá, 14 de julio de 2003
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El día después

Las víctimas de las inundaciones limpiaban ayer sus casas, y hacían planes para reanudar sus vidas

URANIA CECILIA MOLINA
ESPECIAL PARA LA PRENSA
nacionales@prensa.com

Especial para La Prensa / U. Molina
Fuera de la casa de Florencia Nuñez y Abinicio De Sedas solo queda una pila de desechos.
ARRAIJAN, Panamá.- Melissa Trejos seleccionaba ayer los artículos que sobrevivieron a la inundación de aquellos que debían arrojar a la basura. Era un trabajo triste. En este menester la acompañaba su esposo Davis Paredes, su padre y unos amigos que se acercaron al conocer la tragedia.

Dos grandes cartuchos estaban a su costado. En uno colocaba lo que podía sobrevivir a la tragedia que vivieron el pasado sábado, cuando el río Aguacate inundó su vivienda, mientras que en el otro colocaba lo que no tenía salvación.

Melissa no durmió en su casa la noche anterior. Una comadre le ofreció cobijo. Perdió todo. El pantalón corto y el suéter que cargaba se lo prestó una amiga. La selección de lo que servía y lo que tenía como destino final el vertedero de basura de La Chorrera incluía la ropa que se podía lavar de aquella que estaba completamente dañada.

Lo único que sobrevivió al embate de la naturaleza fueron los muebles de madera, que ayer eran cuidadosamente lavados para ponerlos al sol. Colchones, sillones, televisores y otra serie de artículos estaban listos para que los recogiera el carro de la basura.

Al momento en que el agua inundó la barriada Bello Amor, lugar donde Melissa reside, hace 27 años, estaba dormida junto a su pequeña hija, de dos años y seis meses, y una sobrina de la misma edad.

Dionisio Jaén ayuda en la limpieza de los muebles de la casa de Melissa Trejos.

"No pude salvar nada, cuando me enteré el agua estaba dentro de la casa, solo atiné a tomar por las manos a mi hija y a mi sobrina y a salir de aquí", explicó Melissa, quien sacó del fondo de un viejo y mojado cajón un álbum de fotos, que conservaba intactas las fotografías, pese a que su parte exterior estaba completamente mojada.

Al frente de la vivienda permanecía estacionado, un carro de color rojo, que ni siquiera se atrevían a abrir. "Ya es mucha pérdida", dijo Melissa, y agregó que no lo habían abierto. No deseaban saber cómo estaba.

Sin embargo, pese a ver perdido todo, Melissa indicó que mantienen la esperanza de comenzar de nuevo, todos juntos, en familia. "Será difícil, son mucho años de inversión y sacrificio, pero lo lograremos", aseveró.

El agua se llevó 27 años de lucha

Otra familia que se resignó ayer a perderlo todo es la de los esposos Florencia Nuñez y Abinicio De Sedas, dos señores mayores, que eran acompañados por sus nietos en las faenas de limpieza.

Abinicio De Sedas, hijo, trata de lavar la cantidad de lodo que quedó dentro de su vivienda, contigua a la de su padre.
Las fotos de las familias fueron las primeras en ser colocadas al sol, mientras que en el interior de la vivienda se trataba de desalojar la gran cantidad de lodo y basura que trajo el río.

Abinicio, un señor que sufre de diabetes, martillo en mano, golpeaba la parte inferior de las paredes para abrir un hueco, donde se filtrará el agua. "Hemos abierto, cuatro huecos, pero todavía no sale el agua", indicó.

Mientras Florencia recordaba que el 15 de septiembre de 1991 vivieron una situación similar, pero el agua no inundó toda la casa. "En esa ocasión, lograron salvar algunas de sus pertenencias".

En la casa de los De Sedas, al igual que en la de Trejos Paredes, lo que no se perdió se dañó. Las refrigeradoras con los alimentos dentro quedaron llenas de basura. Las cómodas y cajones rodaron por el suelo. El chocolate del barniz de los muebles fue reemplazado por una densa capa de barro.

Melissa Trejos selecciona de su casa las cosas que aún sirven, para luego limpiarlas y desechar las otras.

De Sedas expresó que el agua se llevó 27 años de lucha por tener una casa digna donde vivir. "En esta casa solo vivimos mi esposo, yo y el perro", dijo la señora, mientras una de las nietas que la ayudaba en la limpieza sonreía.

Abinicio, por su lado, seguía tratando de abrir un orificio por donde pasara todo el lodo que se encontraba dentro de la vivienda. Al igual que muchos residentes de Bello Amor y otros lugares afectados por las lluvias, los De Sedas se quedaron en su casa. Durmieron como pudieron, porque la vida tiene que seguir.


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