Panamá, 21 de febrero de 2003
 
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Guerra colombiana, una industria de raíces duras

Colombia ha derramado la sangre de sus mejores hombres en la lucha contra los violentos e inmorales

Franco Rojas
frojas@prensa.com

La guerra en Colombia se ha convertido en una forma de vida que ha servido para alimentar a más de cuatro generaciones. Es una “floreciente industria” a la que se han asociado narcotraficantes, paramilitares, traficantes de armas y algunos políticos demagogos que se han servido de esa guerra para buscar el voto alimentando falsas esperanzas de paz.

El conflicto armado colombiano ha echado duras y profundas raíces que amenazan con extenderse a las tierras vecinas.

El enorme movimiento de capitales que genera la guerra ha debilitado los poderes del Estado y ha arrastrado a algunos funcionarios que han sucumbido a la tentación.

En este “negocio” los narcotraficantes han comprado los servicios de seguridad de la guerrilla para sus plantaciones y laboratorios de cocaína y los terratenientes, por su parte, han pagado a los paramilitares prestaciones para mantener alejada a la guerrilla de sus familiares y fincas.

Los miembros de las fuerzas armadas reciben un mayor presupuesto del Estado para pagar salarios, armas, seguros de vida y servicios de información de inteligencia, destinados a combatir la guerrilla y las acciones delictivas de los paramilitares.

Este presupuesto también sirve para pagar el “estatus diplomático” que adquieren en el extranjero algunos altos oficiales, cuyas credenciales les dan el estatus de agregados militares, policiales y navales.

De la misma manera se han sumado a esta “floreciente industria” los traficantes de armas, hombres de empresa, personajes VIP que ocupan suites de hoteles cinco estrellas, administran jugosas cuentas bancarias, tarjetas de crédito “doradas” y boletos en primera clase de prestigiosas aerolíneas.

Compran a precios de “baratillo” las armas de guerra que han quedado en poder de las antiguas guerrillas de Nicaragua, El Salvador y Guatemala y se las venden, con buen margen de ganancia, a los grupos rebeldes y paramilitares de Colombia. No les importa si son enemigos, lo “vital” aquí es facturar.

Incluso, este negocio también ha dejado réditos a los funcionarios diplomáticos de organismos internacionales, quienes han recibido algún dinero adicional por abandonar la armonía en sus países y viajar a la zona de conflicto a promover la paz y la destrucción de armas de guerra en pomposas ceremonias.

Y qué decir de las maratónicas sesiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA), convocadas para buscar “fórmulas” que propicien el alto el fuego.

Las “cumbres” de presidentes, que generan ingresos a los países sede en concepto de “turismo”, producen extensas “declaraciones” cargadas de retórica y poco aterrizaje en el núcleo del problema que genera la violencia.

La “industria de la violencia” colombiana ha adquirido dimensiones de “transnacional”, por cuanto algunos nacionales de los países vecinos han organizado sus propias sucursales para facturar lo suyo en nombre de una guerra ajena.

Las víctimas de este negocio son los miles de desplazados por la violencia, humildes campesinos, mujeres, niños e indígenas que han debido abandonar lo poco para buscar tierras seguras en medio de éxodos suicidas.

Colombia ha derramado la sangre de sus mejores hombres en la lucha contra los violentos e inmorales. Vale la pena no escatimar esfuerzos ni recursos en el regreso de la paz a la vecina nación.

El autor es periodista

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