
Once jugadores en busca de autor
En Panamá se ha trabajado
al revés: la pirámide la comenzamos por el vértice, apuntamos a
sacar una selección, queremos que llegue al Mundial, así de fácil
Miguel Arrocha marrocha@prensa.com
Comenzaré por fijar mi posición: no formo
parte de la Marea Roja y no me alegro con los pocos triunfos de
la selección de fútbol de Panamá. Para algunos fanáticos de este
tan popular deporte, esta aseveración me merecería el título de
“vendepatria” o no panameño. Paso a explicarme.
La práctica del deporte es una actividad
educativa, que va más allá del esfuerzo físico y se convierte en
una acción relacionada con la salud. Los entes encargados de dirigir
y administrar el deporte tienen que masificar su práctica, con el
fin de hacer ciudadanos saludables y disciplinados, y no enfocarse
en un campeonato o en la obtención de un determinado premio o copa.
La Copa de la UNCAF de fútbol que se juega actualmente
en nuestro país, es una de esas viejas historias repetidas: un puñado
de jóvenes panameños se pone la casaca roja, y casi sin apoyo monetario,
sin un plan adecuado de preparación, sin las estructuras de competencia
que requiere un torneo de esta categoría, estos jóvenes van a la
cancha armados solo con su valor y su amor patrio, a enfrentar naciones
que nos superan en organización y planificación futbolística.
Sin ánimo de hacer comparaciones que puedan lastimar
a nuestros países cercanos, me pregunto cómo es posible que naciones
con situaciones económicas mucho más difíciles que la nuestra hayan
podido acceder a la máxima competición futbolística, la Copa del
Mundo. Bastan dos ejemplos: El Salvador, un país que sufrió una
guerra civil por casi 20 años, ha asistido a dos mundiales, México
en 1970 y España en 1982; mientras Honduras, una nación que ha sufrido
duros embates de la naturaleza, concurrió al torneo de España 82.
Y eso sin contar a Haití, uno de los países más pobres del mundo,
que participó en Alemania 74.
¿Por qué estos países consiguieron estas hazañas?
Porque ellos sí planificaron, construyeron la pirámide desde la
base hasta el vértice, con una estructura organizada, un campeonato
de primera división con proyecciones, con la importación de jugadores,
con el apoyo del Estado y también de la empresa privada.
En Panamá se ha trabajado al revés: la pirámide
la comenzamos por el vértice, apuntamos a sacar una selección, queremos
que llegue al Mundial, así de fácil, sin mirar que las bases no
existen, que los jugadores no son profesionales, que la liga es
no aficionada (¿?).
La selección panameña que juega en la actual Copa
de Naciones es fruto de esta improvisación: el técnico Carlos Alberto
Daluz recibió el equipo en noviembre; solo pudo conseguir dos partidos
de fogueo y prácticamente tuvo todo el grupo reunido en el mismo
torneo para el partido ante El Salvador.
¿Y la dirigencia qué hace? Nada o casi nada, solo
jactarse de que el actual césped del Rommel Fernández es como una
alfombra, o estar enfrascada en una lucha de poder, con unos comicios
para elegir su junta directiva que tienen visos de irregularidad.
Entonces, no abucheemos a los jugadores cuando fallan
un gol porque en cada intento se están dejando la piel; emplacemos
a la federación para que haga su trabajo: crear las estructuras
para la masificación del deporte, introducir los torneos interprovinciales
aficionados y encontrar el patrocinio para organizar una verdadera
liga de primera división de la que saldrían los seleccionados nacionales.
Pero, como están las cosas, cada triunfo del onceno
nacional es una victoria de sangre, sudor y lágrimas de los jugadores,
quienes, cual personajes pirandellianos, siguen buscando el trato
que se merecen aquellos que portan con honor el uniforme nacional.
El autor es corrector
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