De vuelta a la birria
Yo comprendo que la presidenta y sus copartidarios estén felices con la birria, pero sospecho que los espectadores, que somos los demás, queremos ver un partido mejor organizado
Jorge E. Ritter
jritter@cwpanama.net
Como el significado de las palabras muta, debo empezar por explicar qué era una birria cuando los estudiantes discutían y una que otra vez se iban a los puños, pero no resolvían sus diferencias a balazos y palizas de rufianes, como sucede ahora. En aquellos años los deportes que se practicaban en las calles, o en los campos apropiados pero sin la formalidad de una liga, se llamaban birrias. Los equipos los escogían en turnos alternados dos capitanes autodesignados, y una vez terminada la repartición de los jugadores, comenzaba el juego, sin árbitro y con reglas laxas, o inventadas en el momento para acomodarlas a las circunstancias. Aspirábamos, sí, a jugar después con uniformes y en posiciones fijas, con la selección del colegio o en ligas bien organizadas. Pero todo se iniciaba en la birria, donde todos jugaban a todas las posiciones, y donde los compañeros de un día eran rivales en el siguiente.
Estas reminiscencias de juventud las traigo a cuento porque me luce que muchas de las críticas que hoy llueven sobre el gobierno se debe a que estamos esperando un partido de liga organizada cuando los jugadores que están en el campo solo están birriando. Comenzó como comenzaban las birrias: el capitán los puso a jugar sin saber para qué posiciones servían (y como solía suceder cuando se iniciaban en las birrias, casi ninguno servía para la posición que el capitán le asignaba). Los ministros y directores designados por sus respectivos partidos se presentaron al campo de juego diez minutos antes de que comenzara la birria.
Si se trataba de fútbol, el instinto de los que no sabían era correr siempre detrás de la pelota. Que es precisamente lo que vemos a diario: un desfile de funcionarios que corren detrás de la presidenta, vaya donde vaya, dentro o fuera del país. Eso hace que el juego sea desordenado, que haya grandes vacíos en el campo, y que la coordinación sea una virtud inexistente.
El lenguaje de las birrias era, por supuesto, arrabalero, ese que no era permitido utilizar en las escuelas aunque los profesores supieran que cuando ellos no estaban presentes, los estudiantes se complacían en usarlo. La forma como la presidenta y algunos de sus ministros y asesores se refieren a sus adversarios políticos recuerda esa procacidad que los maestros de antaño procuraban corregir en sus alumnos. No sé si eso ha cambiado con el tiempo, pero yo recuerdo que cuando se iba a representar a un colegio en una competencia deportiva, los profesores exigían mayor disciplina y mejores modales. Pero, insisto, nuestros gobernantes no sienten que representan a nadie: están simplemente birriando. Y en las birrias cada quien hace lo que sabe o lo que le gusta.
De otra forma no puede explicarse que al ministro de Relaciones Exteriores le asignen, y él acepte, la inauguración de las ferias agropecuarias y la organización del concurso Miss Universo, o que el ministro del MIDA viaje en uno de los Cadillacs de la Cumbre y el canciller lo haga a caballo, o que el ministro del MOP decida construir un tren ligero contra el querer del director de Tránsito y Transporte, o que el ministro de Economía y Finanzas anuncie por la libre una ampliación del Canal que él mismo no conoce.
Como en las birrias, a diferencia de los partidos de verdad, no había tiempo límite, cuando alguien se cansaba sencillamente se salía del juego. Ni más ni menos que lo ocurrido con los asesores presidenciales: uno a uno se han ido, no tienen que dar explicaciones, y si las dan es porque quieren. Ese proceder no es permitido en una liga con un mínimo de formalidad. Pero ese no es el caso, pues lo que estamos presenciando es una birria, en la que las reglas se inventan en el momento y las trampas se permiten si se grita lo suficiente y se tiene la fuerza para imponerlas.
Lo trágico de todo esto es que la birria no se ha terminado y ya anuncian una nueva: la presidenta acaba de anunciar que no han pensado darle el campo a alguien que lo haga mejor: que su partido seguirá gobernando después del 2004. Yo comprendo que ella y sus copartidarios estén felices con la birria, pero sospecho que los espectadores, que somos los demás, queremos ver un partido mejor organizado, con jugadores que sepan su oficio, y un director con mejor visión que los oriente.
El autor es abogado y ex-canciller de la República
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