Panamá, 18 de agosto de 2002
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Sentido de la propiedad

No hay forma de hacerles entender lo que es una caricatura (pese a las pacientes y claras explicaciones de Lolo Silvera)

Guillermo Sánchez Borbón

Qué les pasa a los políticos panameños? ¿De dónde les viene la extraña manía de meterse con los caricaturistas? Tres de ellos los han demandado, aberración que, hasta donde sé, no tiene precedentes en la historia universal de la tontería. El primero en demandar fue Endara, pero más sensato y modesto que los otros dos, a las 24 horas retiró la demanda e invitó a almorzar al demandado. De esa manera elegante corrigió un error que lo hubiera perseguido hasta el fin de sus días. Sitting Bull y Arias Calderón insisten en las suyas. Por lo visto no se han dado cuenta del papelón que están haciendo.

La presidenta no ha querido quedarse atrás, y si bien no ha demandado a nadie, se quejó de que un caricaturista de La Prensa había irrespetado la memoria del Dr. Arnulfo Arias. No hay forma de hacerles entender lo que es una caricatura (pese a las pacientes y claras explicaciones de Lolo Silvera), y por qué ningún político inteligente las toma en serio. Imaginemos que a un presidente de Estados Unidos –cualquier presidente– le diera por demandar a los caricaturistas cada vez que atenten contra su honor o dignidad. No tendría tiempo de hacer otras cosas, por ejemplo, gobernar. En vez de demandarlos, les piden a sus autores que les regalen, autografiados, los originales de las caricaturas más graciosas, que, por regla general, son también las más crueles. Gerald Ford convocó hace unos años a un simposio sobre El humorismo y la Presidencia, a la que también asistieron los caricaturistas que se ensañaron en Ford por su torpeza motora. Las figuras públicas (¿cómo no burlarse de un pollino como el procurador Ashley?) en todos los países civilizados saben que los salvajes plumazos de los caricaturistas “vienen con el territorio”, como dicen en inglés. No hay más remedio que aguantarlos.

En el caso de la presidenta hay una agravante: Arnulfo Arias fue (es), además de hombre público, una figura histórica, expuesta, por lo tanto, no sólo a las cuchufletas de sus adversarios, sino al enjuiciamiento –a veces severísimo– de los historiadores. Lo mismo puede decirse de los otros dos caudillos (Porras y Torrijos) que, junto con Arnulfo, llenaron la escena política nacional durante el siglo XX. Pero, recuerdo que una vez me dijo Nen Valdés que los panameños –como todos los pueblos primitivos– le tenemos miedo a los muertos. No nos atrevemos a hablar mal de ellos. Según Malraux, “la muerte transforma una vida en destino”. Pero, agreguemos nosotros, no la anula, ni mucho menos, la santifica, ni siquiera la coloca fuera del tiempo. Arnulfo –y el pueblo se lo agradeció siempre–, en el año fecundo de su primer gobierno hizo lo más parecido a una revolución social que hemos tenido. Mas, como todo ser humano, cometió grandes errores, que no hay por qué callar. Dejémonos de beaterías (signo de aldeanismo), separemos los aciertos de los errores y hagamos un balance (por fuerza provisional) de este caudillo y de los otros. Y si un humorista quiere hacer chistes a costa de ellos, que los haga.

En Estados Unidos todos los cómicos que se respeten se burlan de Washington, y hasta ahora nadie les ha llamado la atención. Me viene a la memoria una película del 38 ó 39: “Washington durmió aquí”. La mujer de un cómico lo convence de que compre una linda casa de campo (que tiene el valor adicional de que es una de las 10 mil en que pasó la noche el general). Fue una transacción a ciegas, basada en la inexistente buena fe de un corredor de bienes raíces. A la misma entrada de la casa cede una tabla bajo el peso del gran cómico, y costó Dios y ayuda liberarlo de su cárcel de madera. Las ventanas están desvencijadas y el resto de la ganga es una tupida selva de telarañas. El cómico comenta: “por lo visto, Marta no era muy buena ama de casa”. Nadie se ofendió por una salida tan graciosa.

En Panamá habrían protestado sus descendientes y las Hijas de la Revolución lo hubieran lapidado. Todos recordamos lo que pasó con el artículo que Roque Javier Laurenza publicó a raíz de la muerte de Porras. Yo mismo recibí un rapapolvo de Paredes por haber escrito, en una novela, que en una ocasión Torrijos estaba en fuego, evidente calumnia, como les consta a todos los que conocieron al personaje.

Aquí está tan desarrollado el sentido de la propiedad privada, que heredamos no sólo bienes y dinero, sino posiciones políticas y hasta concepciones de la historia. Mucha gente se considera custodio no sólo del honor y buen nombre de sus mayores, sino de todas las etapas de su trayectoria vital, de sus preferencias poéticas y de sus discursos electorales.

Estamos amolados.


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Sentido de la propiedad: Guillermo Sánchez Borbón
De vuelta a la birria: Jorge E. Ritter
Un diálogo con el procurador: Betty Brannan Jaén
Estructura administrativa de la educación: Paulino Romero C.






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