
Argentina: ¿El viaje de Ulises?
Hemos aprendido que la
Argentina es joven, pero tiene memorias y dolores, lecciones duras
que nos han hecho madurar
Alejandro Telésforo Mosquera
alejandrotelesforo@hotmail.com
Ulises, el de La Odisea de Homero, es el
que ha visto y sabe, porque ha visto, lo que indica de entrada una
relación con el mundo. Es el privilegio del ojo como modo del conocimiento
(preferimos la vista que a todo lo demás, decía Aristóteles).
¿Qué piensa el extranjero que por diarios
y noticieros ve a la Argentina? Y el que llega a nuestro país, el
que lo camina, el que lo palpa, el que tiene el privilegio del ojo.
Piensa: ¿Es posible que en un país que exporta alimentos por casi
20 mil millones de dólares, el 40% de la gente sea pobre? ¿Por qué
está la administración pública bajo el mito de Sisfido? ¿Senadores
y diputados bajo el sitio, el poder judicial sospechado, vallas
en el Congreso, rejas en las casas, corralitos que retienen los
ahorros de toda una vida? Son la mueca de lo que quisieron ser,
dirán...(copiando a Discépolo).
El que hoy visita nuestra tierra se convence
de que la Argentina hoy clona desesperados infartos y violentos,
que es una sociedad que continúa jugando con naipes gastados, y
quizá se convenza que de este país quedarán solo videos que un día
podrá emitir The History Channel. Y qué podemos sentir nosotros,
los nacionales, que estamos llenos de deudas y dudas, aspirando
a tener visas y divisas, creyendo muchos que el futuro está afuera.
Porque de chicos supimos que en nuestro país estaban las tierras
más fértiles del planeta y en el colegio nos explicaron que el bolígrafo
y el sistema de identificación de huellas digitales, el mundo se
lo debía a un argentino, al igual el que inventó la primera transfusión
de sangre.
Ya más grandes, contábamos nuestros cinco
premios Nobel (Hussay y Milstein, medicina; Saavedra Lamas y Pérez
Esquivel, de la paz, y Leloir, el de química); contamos también
el que no le dieron a Borges por ser amigo de Pinochet y el que
le negaron a Cortázar por no ser tan amigo de Fidel.
Para no hablar de nuestro polo, nuestros
campeones de boxeo; el gran Fangio, cinco veces campeón de Fórmula1;
y el fútbol, nuestra primera pasión, porque para nosotros nuestro
fútbol es una forma de piedad inventada por Dios para compensarnos
de algunas penurias. El tango (que nos da identidad propia) y dos
de los mitos de este siglo: Evita y el Che.
A esa altura, con 18 años a cuestas, nadie
nos lo había dicho pero todos lo presumíamos: Dios era argentino.
Y de pronto la realidad, la catástrofe, el
derrumbe, la frustración, la impotencia y la verdad.
Habíamos tenido crisis, pero renacíamos,
buscábamos un mago, o pegábamos una cosecha y ya está, nada había
sucedido. Siempre pusimos distancia con lo propio; recurrentemente
mirábamos el pasado, lleno de esplendores y eso nos tranquilizaba.
“Que nadie venga a querer quitarnos esta triste alegría; porque
hoy estoy peor que ayer, pero mejor que mañana”, cantan miles de
jóvenes siguiendo el ritmo de los redoblantes de uno de nuestros
grupos de rock famoso, La Mosca.
¡Qué masoquismo el nuestro! Encontrar felicidad
en el dolor, pensar que el futuro es que no existe el futuro. Entonces
justificamos nuestro fatalismo, decimos que es histórico, que viene
de nuestros caudillos, de nuestra oligarquía bilingüe, del aluvión
inmigratorio, de los militares genocidas y de la democracia corrupta.
(La gran paradoja: tuvimos una generación desaparecida por la dictadura
militar y ahora otra expulsada por la democracia).
Cuando preguntamos que pasó, las encuestas
dicen que nos robaron los malos, los otros, los que viven en otros
países o miembros de sectas que viven entre nosotros y no podemos
desenmascarar. Según las encuestas, todos somos buenos, cumplimos
con la ley, ahorramos y además nos ocupamos por el vecino; en las
encuestas todos somos escandinavos.
Sin duda la amnesia es nacional, nadie se
acuerda que los sindicatos lograron que los trabajadores cobraran
sueldos como los holandeses; nadie ganó en la época de la hiperinflación,
que licuó todas nuestras deudas; nadie remarcó precios, nadie viajó,
ningún industrial se aprovechó fabricando porquerías que pagábamos
el doble.
La confusión, la bronca, ha borrado los límites
del campo donde jugábamos; tenemos cambiadas las camisetas, los
lugares en la cancha y lo peor es que nadie reconoce al referee.
Tampoco queremos el empate, todos queremos
ser buenos, cuando hasta hace unos meses casi todos querían hacer
plata y rápido. Esta crisis permite la ausencia de reglas y recetas
políticas antagónicas, los trotskistas de ayer, los jacobinos del
mundo financiero, los prebendarios de siempre, los que dicen que
el capitalismo se ha comido a sí mismo, los que como Soros preconizan
que “en el capitalismo globalizado los electores no votan: solo
votan los inversores norteamericanos”, y están los que también quieren
diseñar un modelo que hasta Fidel ha olvidado: “Cuanto peor, mejor”;
aúllan, vamos hasta el fondo, vamos a la guerra, justicia popular,
solo si podemos recomenzar, sentencian.
Pero tengamos en claro, que no queden dudas,
estas son minorías que viven en ghetos, que sueñan solo sus sueños
y destruyen a todos los que no piensan igual.
Por primera vez hemos comprendido que nuestro
autismo y el fracaso colectivo son en realidad nuestro fracaso individual;
por primera vez admitimos que la culpa es de todos; claro que es
mayor la de unos que la de otros.
Por eso hay una gran mayoría que ha comenzado
un viaje, como el de Ulises, al límite de los límites; este recorrido
tendrá huellas menos profundas y permanentes, por lo que fuimos,
por lo que somos y por lo que queremos ser.
Ulises, en su viaje, traza los contornos
de una identidad griega, marca fronteras y experimenta los riesgos
de perderse totalmente. Así es nuestro rumbo, idéntico, incierto,
diferido, contrariado.
Como él, queremos llegar a un punto donde
no hay retorno posible, estaremos en el mundo de abajo (donde reina
Hades) y lo más cerca de la orilla de la Isla de las Sirenas, encantadoras
de muerte. Allá vamos, resueltos, convencidos de que estamos como
Ulises a ambos lados de la frontera, la de adentro y la de afuera.
Nos pasa lo mismo, somos intermediarios, pasadores de una crisis
que viene de adentro y de afuera, de un modelo de una forma de ver
y vivir, y esto nos involucra a todos, nadie queda afuera.
La Odisea, como viaje fundador, hecha luz
sobre los cambios necesarios y a los argentinos nos servirá en igual
sentido; aprenderemos a comprender un mundo que cambió y que cambia.
¿Somos bárbaros, o somos griegos? ¿Qué fuimos?
¿Qué somos? ¿Qué soñamos ser? Todo eso nos preguntamos hoy.
Este trayecto emprendido a fines de diciembre
pasado que es itinerario y no mapa, pues solo sabemos hacia dónde
no queremos ir, produce alternativas que aún no definimos completamente,
lo que hace que se nos entrecrucen y enturbien proyectos, palabras,
hombres, se defenestre a inocentes y se remoce a los mágicos salvadores.
Nada es estático, todo cambia por semanas,
por días, casi por horas; lo que nos sucede y hacemos que nos suceda
nos obliga a cambiar los puntos de referencia; somos contradictorios.
En algunos casos nos gusta: retomamos nuestras contradicciones para
enriquecerlas o cambiarlas.
Hay algo incuestionable que nos sucede desde
hace solo unos meses: la sociedad se reconoce como fuente de la
ley, por primera vez la sociedad se autoinstruye, por lo que le
permite tomar distancia de sí misma, lo que le da la posibilidad
de cuestionarse, y esto lo que nos da es la oportunidad de tener
una perspectiva que estos días son los de una Argentina inaugural.
La Odisea narra el retorno de quien erró
durante años...con el alma llena de angustias en el mar. Por eso
somos el Ulises de Homero (un viajero a disgusto), a diferencia
del de Dante, que es un Ulises impulsado por conocer el mundo.
El camino será largo, con recovecos, que
se convertirá en huella apenas en un momento. Será duro, pero una
vez que tengamos la convicción de lo que queremos ser, podremos
decir como Kavafis “Cuando partas hacia Itaka, deseo que el camino
sea largo en aventuras y enseñanzas, que numerosas sean las mañanas
de verano, que entres en puertos desconocidos...”.
El viaje de Ulises es un viaje con retorno,
aunque tardó 10 años. El viaje dejará heridas, lágrimas, el hueco
de una ausencia, lo que ya no seremos, pero será una fundación.
Por eso el viaje no importa en sí mismo, sino el hecho del tránsito
del camino; el viaje dará las respuestas a nuestras preguntas, porque
marchamos a pensarnos a nosotros mismos; esta vez nos interrogaremos
a fondo, aprenderemos a dudar, y aun así seguiremos siendo dueños
de nuestro destino.
Entonces la vuelta no será más que el relato
de un regreso a reencontrarnos con el futuro; la esperanza nos devolverá
la posibilidad de soñar, porque hemos aprendido y seguiremos aprendiendo
todos los días que la Argentina es joven, pero tiene memorias y
dolores, lecciones duras que nos han hecho madurar. Sabemos que
la Argentina es rica, pero no interminable, y con una deuda con
los desposeídos a cumplir a plazo fijo. Y que si bien Dios existe,
también sabemos que no solo es argentino.
El autor es ex embajador de Argentina
en Panamá
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