Panamá, 20 de enero de 2001
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Esbirro antes, durante y después de 1968: Pastor E. Durán E.

La oligarquía panameña mantuvo su poder económico y más bien se fortaleció durante el régimen militar

Según Mitchell Doens, dirigente del Partido Revolucionario Democrático (PRD), brazo político de la “robolución octubrina”, las denuncias e investigaciones que se realizan en torno a los asesinados y desaparecidos de la dictadura militar que desgobernó a este país durante 21 años, no tienen otro objetivo más que el de empañar la (lavada) imagen del general Omar Torrijos.

Doens sugiere investigar los crímenes que se llevaron a cabo durante los gobiernos oligárquicos. Se refiere Doens a los gobiernos que estuvieron antes de la dictadura.

Hay que tener en cuenta que la oligarquía panameña mantuvo su poder económico y más bien se fortaleció durante el régimen militar (ver la obra de William Hughes e Iván Quintero, ¿Quiénes son los dueños de Panamá?).

Si se acatara esta sugerencia de investigar los crímenes perpetrados durante los regímenes oligárquicos, nos tropezaríamos irremediablemente con el nombre de Omar Torrijos, quien en 1959 sofocó la rebelión de Cerro Tute, donde murieron los jóvenes idealistas Rogelio Girón, Domingo García, Eduardo Santos Blancos y Rodrigo Pinzón.

Directamente, Torrijos tuvo que ver con el asesinato de Rodrigo Pinzón, según testimonio brindado a este servidor por parte de Yadira Pinzón, hermana de Rodrigo.

En 1962, durante la gran huelga bananera, Omar Torrijos estaba a cargo del cuartel de Puerto Armuelles, donde se torturó y asesinó al dirigente obrero Rodolfo Aguilar Delgado. El Dr. Carlos Iván Zúñiga, que en aquellos días fungía como abogado del sindicato de la bananera, podría dar testimonio de cómo fue encontrado el cadáver de Aguilar Delgado. Eran los tiempos de la oligarquía. También Torrijos reprimió a los Ngobe y Bugle a principios de los años 60, cuando se dio el movimiento político religioso de Mama-Tata.

Por aquellos tiempos, al igual que durante la dictadura, los ascensos en la Guardia Nacional los recibían aquellos esbirros que demostraban odio en las represiones a los sectores populares o que se hacían con un muertito en su “clóset”. A raíz de los acontecimientos de Cerro Tute, Torrijos, que fue herido en los glúteos, fue ascendido al rango de Capitán. Y en 1964 reprimió a los patriotas que participaron en la gesta nacionalista de los días 9, 10 y 11 de enero de 1964.

Pero Torrijos no solo reprimió y tuvo que ver con las muertes de dirigentes y militantes populares en la época de la oligarquía, sino también en la época de su “robolución”. Los crímenes perpetrados durante la dictadura de Torrijos no fueron contra elementos de la oligarquía panameña, sino contra dirigentes y militantes populares (el dirigente izquierdista Floyd Britton, el dirigente obrero José del Carmen Tuñón, el dirigente obrero indígena Tomás Palacios Salinas, la educadora Dora Moreno, el campesino Ariosto González, el dirigente estudiantil Jorge Camacho, el sacerdote Héctor Gallego, el dirigente campesino Encarnación González, etc, etc.); una selección de elementos valiosos de los movimientos populares en una guerra sucia, típica de los escuadrones de la muerte dirigidos por la CIA norteamericana. Recordemos que durante el juicio a Noriega en Estados Unidos, trascendió lo que todos sabíamos: que Torrijos y él (Noriega) estaban emplanillados en la Central de Inteligencia norteamericana. Noriega, a cargo del tenebroso G-2, realizaba -con mucho amor y profesionalismo- el “trabajo sucio” y Torrijos se encargaba de encubrirle y respaldarle en la cúspide de la institución criminal, donde recibía constantemente un gran lavado de imagen que le presentaba como el militar “bonachón”, el que resolvía de un plumazo paternal cualquier problema, pero que tomaba también cualquier trágica decisión cuando se trataba de personas que no se sometían a los halagos de la bota militar.

El autor es sociólogo


Combatiendo el racismo: Dialys Ehrman

Todas las sociedades del mundo se ven afectadas y entorpecidas por el racismo y la discriminación

Uno de los principios rectores de las Naciones Unidas, es la no discriminación por motivos de raza. Este principio quedó plasmado en la Carta constitutiva de la organización así: “la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana...”.

Es importante destacar que la Asamblea General de las Naciones Unidas ha designado tres decenios para la adopción de medidas contra el racismo y la discriminación racial.

La preocupación cada vez mayor que existe en el plano internacional por el aumento en el número de incidentes de racismo, discriminación racial, xenofobia y formas conexas de intolerancia, así como el reconocimiento de los retos y las posibilidades de luchar contra esos fenómenos en un mundo con economía cada vez más globalizada, dio lugar a que la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución 52/111 de 12 de diciembre de 1997, decidiera convocar una conferencia mundial contra el racismo, la discriminació racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia para agosto de 2001 en Durban, Suráfrica.

La conferencia tendrá como objetivos, examinar los progresos logrados en la lucha contra el racismo y la discriminación racial, especialmente desde la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos; evaluar los obstáculos que impiden seguir avanzando en esa esfera y establecer los medios para superarlos.

Se pretende también, examinar los medios que mejor garanticen la aplicación de las normas existentes y su aplicación para combatir el racismo y la discriminación racial; aumentar el nivel de concienciación sobre las lacras que suponen el racismo y la discriminación racial; formular recomendaciones concretas sobre los medios de aumentar la eficacia de las actividades y los mecanismos de las Naciones Unidas mediante programas dirigidos a combatir el racismo y la discriminación racial; analizar los factores políticos, históricos, económicos, sociales, culturales y de otro tipo que conducen al racismo y la discriminación racial.

Se espera también la formulación de recomendaciones concretas para promover la adopción de medidas prácticas en el plano nacional, regional e internacional, a fin de combatir el racismo y la discriminación racial, y elaborar recomendaciones para garantizar que las Naciones Unidas cuenten con los recursos financieros necesarios para llevar a cabo sus actividades de luchar contra el racismo y la discriminación racial.

Actualmente, todas las sociedades del mundo se ven afectadas y entorpecidas por el racismo y la discriminación, y Panamá no escapa a ésto. Si bien es cierto que no existen los conflictos étnicos y la violencia generalizada de otros países, los indígenas, negros, campesinos, seguimos siendo víctimas de una sociedad excluyente, que aún hoy en el nuevo milenio sigue utilizando métodos sofisticados de intolerancia y discriminación.

El principio consagrado en la Declaración Universal del Hombre en la Carta de las Naciones Unidas no es respetado por los Gobiernos y la sociedad en su conjunto, toda vez que en el mundo muchos son los casos de discriminación racial. En Panamá se producen los siguientes casos: explotación del trabajador indígena; el rechazo de la vestimenta típica en algunos planteles educativos; profundización del racismo y la marginación, como consecuencia de la globalización; ausencia de condiciones favorables entre los pueblos indígenas para ejercer sus derechos fundamentales, etc.

Hoy por primera vez, los pueblos indígenas participarán en esta conferencia mundial, aportando incluso en los procesos preparatorios, a fin de presentar nuestra propuesta a los gobiernos y a la sociedad civil en su conjunto.

Esperamos que la Cumbre produzca compromisos y planes de acción para los Estados. Esto significará seguramente la necesidad de revisar las legislaciones internas sobre la materia.

“El fanatismo, el odio y los prejuicios son síntomas detestables de una enfermedad que la humanidad ha padecido siempre. El racismo puede y debe ser eliminado, y así será” (Kofi Annan).

La autora es miembro de la Unión nacional de mujeres kunas


Protesta: Rodrigo Mejía Andrión

Como accionista fundador de La Prensa, expreso mi repudio y condena por la publicación de la caricatura firmada por el señor Julio Briceño, RAC, aparecida el día 30 de diciembre del año 2000, que ataca y daña de manera infame la figura de un hombre probo, de alta sensibilidad cívica y social, quien con múltiples acciones valientes ha defendido la democracia como única vía para el desarrollo de Panamá.

Señalo la línea persistente que ha mantenido La Prensa, desde el año 1990, para destruir la prestigiosa imagen del Dr. Ricardo Arias Calderón. Esta campaña ha sido sistemática y cruel; lo que me lleva a pensar que es motivada por intereses mezquinos de algunos directivos y empleados.

Es cierto que todo político es parte de la vida pública y que debe mantener cierto grado de tolerancia pero, en ningún momento puede usarse un medio de comunicación para atacársele en su dignidad y honra y menos, cuando no hay justificación para ello. El Dr. Ricardo Arias Calderón, quiéranlo ustedes o no, es un gran estadista, reconocido internacionalmente. El ha dado muchos testimonios de esto.

Ayudé a formar una prensa de altura, no mezquina; una prensa imparcial y objetiva, no una supeditada a los intereses de unos cuantos.

Mucho cuidado señores directivos, el periódico no es de ustedes, es de miles de accionistas que confiaron de buena fe en los nobles propósitos para el cual se fundó La Prensa. Con actitudes necias, injustas e irreverentes como las que nos ocupan, están propiciando el desprestigio del periódico y por ende, que merme su aceptación entre los lectores.


El día que cambió el rumbo de la nación: Carlos Iván Zúñiga Guardia

El 9 de enero conmovió al mundo e impuso un nuevo vocabulario en la diplomacia panameña

El 13 de junio de 1962, los presidentes Chiari y Kennedy convinieron autorizar conversaciones sobre las objeciones de Panamá a algunos aspectos del tratado del Canal. Esas conversaciones se llevaron a cabo en niveles burocráticos de escaso rango y resultaron fallidas porque el Gobierno de Estados Unidos consideró que conversar no significaba negociar. El presidente panameño, disgustado por la leguleyada invocada, puso término al encuentro entre ambas naciones.

A partir de entonces, las reivindicaciones nacionales entraron en receso y la política exterior panameña carecía de un plan inmediato para revisar el Tratado de 1903 y los otros textos canaleros. De modo que el 9 de enero de 1964 no interrumpió ningún proceso negociador.

En esa fecha, los estudiantes panameños solo anhelaban que se cumpliera el acuerdo entre ambas naciones de izar la bandera panameña al lado de la bandera de Estados Unidos en determinados sitios de la Zona del Canal. La oposición de los estudiantes zoneítas al cumplimiento de lo acordado y el rechazo que se hiciera a la gestión institutora, dio origen a la tragedia del 9 y 10 de enero de 1964 que dejó un saldo de muertos y heridos.

A partir de aquel 9 de enero de 1964, Panamá adoptó una política exterior emancipadora y el discurso de todos los panameños estuvo identificado con los altos y permanentes intereses del país.

Es preciso recordar los nuevos planteamientos fraguados el 9 de enero de 1964, el día que cambió el rumbo de la nación.

El 11 de enero de 1964, la Comisión Legislativa Permanente de la Asamblea Nacional aprueba dirigirse a todos los congresos de los países que integran las Naciones Unidas, en procura de solidaridad a nuestra causa y de condena a la agresión norteamericana.

La ejecución de esta estrategia se inicia el 12 de diciembre de 1947, cuando la constituyente Gumercinda Páez sostuvo que los problemas relativos al Canal “no solo son nuestros, sino de toda América”. La misma tesis fue expresada el 17 de diciembre de 1947 por Diógenes de la Rosa, al manifestar en la Asamblea Constituyente que “el problema del Canal (...)no puede interpretarse ni resolverse si no se considera como un problema internacional (...) de todos los países de América”.

El 10 de enero de 1964, el Consejo General Universitario, bajo la Rectoría de Narciso Garay Preciado, pide el rompimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, la renuncia inmediata del tratado de 1903 y la nacionalización del Canal de Panamá como aspiración de la República que debe ser planteada “sin pérdida de tiempo”. He aquí la voz del espíritu del 9 de enero.

Este documento fue elaborado por los profesores Diógenes Arosemena, Carlos Iván Zúñiga, G. Erasmo Escobar, Ricardo Arias Calderón, Fabián Echevers, Ernesto Castillero Pimentel y Dulio Arroyo.

El clamor de la nueva nación se extendió por todo el país. El Comité Distritorial de Penonom´e en Defensa de la Soberanía, pide el 11 de enero la abolición del Tratado Hay-Bunau Varilla y declara con gran visión que “el 9 de enero se inicia nuestra verdadera y total independencia. El Canal es nuestro. En la Zona del Canal ondeará una sola bandera: la panameña”. Este documento llevó la firma de los ciudadanos Ricardo A. Ríos, Marcelino Jaén, Julio C. Fernández, Aníbal Grimaldo, Heriberto Torres y Miguel Lombardo.

El Sindicato de conductores de taxi, con la firma de Horacio Montenegro, pide el 13 de enero de 1964 que se trate de nacionalizar el Canal de Panamá lo más pronto posible, alegando que el tratado vigente debía anularse totalmente.

El 9 de enero internacionalizó el problema canalero. El 12 de enero la Asociación de estudiantes de periodismo de la Universidad Autónoma de Nicaragua, declara tres días de duelo en homenaje a los caídos y se solidariza con Panamá.

En Barcelona, en La Paz y en casi todas las capitales de América, el pueblo protesta en las calles. El Sindicato de Industriales, el 22 de enero, declara que ningún hombre libre de América puede aceptar el tratado de 1903. La Federación de Estudiantes, en un grandioso mitin celebrado en la plaza de Santa Ana, hace suyo el pronunciamiento de la Universidad de Panamá.

A escasas horas de los hechos del 9 de enero, se observa la coherencia y la unidad del reclamo panameño: abrogación, nacionalización e internacionalización del problema del canal. Aquilino Boyd en las Naciones Unidas, define el tratado de 1903 como inicuo y demandó la nacionalización de la ruta de agua, o sea del Canal. La Cámara de Comercio, bajo la presidencia de Roberto Eisenmann, ordena imprimir cincuenta mil ejemplares de un documento que contenga los objetivos panameños para ser distribuidos entre comerciantes de Estados Unidos.

Los partidos democráticos de Venezuela, apoyan la causa panameña. Acción Democrática pide un nuevo tratado que se “adapte a la realidad y aspiraciones de Panamá y de los demás pueblos de América”. Los partidos políticos, los sindicatos y los gremios magisteriales sin excepción, repudian la agresión y piden la abrogación de los tratados.

El Comité de Defensa de la Soberanía, el 17 de enero de 1964, recomienda que todos los automóviles lleven un cintillo que diga: “Nacionalización del Canal”.

El Consejo Extraordinario de Municipalidades, con la asistencia de 63 municipios, solicita la anulación de los tratados firmados a partir de 1903 y sugiere que en todas las capitales de provincia se levanten monumentos a los mártires.

La solidaridad mundial se incrementa día a día. El 18 de enero, El Panamá América informó de manifestaciones de adhesión a Panamá en Lima, Arequipa y el Cusco . En la Plaza San Martín de Lima, los estudiantes piden que Perú rompa relaciones con Estados Unidos. En la Universidad de Los Andes, de Mérida, queman la bandera de Estados Unidos y enarbolan la panameña. El Washington Post pidió un nuevo orden en Panamá y expresó que “la tragedia de la semana pasada se repetirá periódicamente si no se cambian los acuerdos existentes”.

Ante mis ojos tengo todos los pronunciamientos dignísimos de personas y de entidades panameñas y del mundo, por los sucesos del 9 y 10 de enero de 1964. Podría redactar con ellos no menos de 50 artículos como el presente. El 9 de enero conmovió al mundo e impuso un nuevo vocabulario en la diplomacia panameña y un nuevo ideal nacional. En esa fecha se erigió en el corazón del panameño una estatua al presidente digno y patriota, Roberto F. Chiari. Pero igualmente se diseñó toda la estrategia que debían adoptar los negociadores de 1967 y los de 1977, es decir de los tratados Johnson-Robles y Torrijos-Carter. La Comisión de Reafirmación Nacional con su vocero, el Dr. Octavio Fábrega, fijó las pautas: “Los Estados Unidos, dijo, no solo deberá negociar las exigencias actuales del Gobierno, sino que debe prepararse para un retiro eventual del Canal, dejándolo bajo el control exclusivo de las autoridades panameñas”. El Dr. Octavio Fábrega, el 19 de enero de 1964, acompañado de J.J. Vallarino, Bey Mario Arosemena, Erasmo de la Guardia, Raúl García de Paredes, Osvaldo Velásquez y otros, diseñó la línea maestra de lo que estaba por venir en el campo de las negociaciones: “Queremos fijar, dijo, un periodo límite, después del cual el control panameño sobre el Canal y la Zona del mismo aumentará gradualmente hasta la eventual posesión total para el país”.

Esa fue la estrategia que adoptó, sin duda, el equipo negociador de 1967 y 1977. Esta estrategia no se podía concebir antes del 9 de enero de 1964. El lenguaje de Octavio Fábrega en 1964 no era el lenguaje que se manejó en las negociaciones del Remón-Eisenhower, de 1955. Esa es la grandeza emancipadora del 9 de enero de 1964.

¿Se podrán olvidar estos hechos que constituyen la piedra angular de las reivindicaciones nacionales?

El Dr. Jorge Illueca, como presidente del Colegio de Abogados, en esos días de enero dijo en Colón: “Los muchachos del Instituto Nacional salieron a rescatar la vergüenza nacional y han marcado nuevos rumbos a la nacionalidad. Ellos son los héroes que con sangre...se han convertido en redentores de la patria.

Después de lo leído y ahora que el Canal es nuestro, sería del todo justo que el país se inundara de cartelones que dijeran: “Gracias Mártires de Enero!, ¡Gracias redentores de la patria!”. Sería un mandato de gratitud y un mandato de la historia.

El autor fue rector de la Universidad de Panamá


Hipocresía migratoria: Jorge Ramos Avalos

En Estados Unidos viven alrededor de seis millones de inmigrantes indocumentados

Todos, absolutamente todos, nos beneficiamos del trabajo de los inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos . Sin embargo, en este país hay muchísima hipocresía respecto a los millones de inmigrantes que trabajan sin papeles: les critican pero les utilizan; les denuncian públicamente pero les explotan en privado; gritan que no deberían estar aquí, pero no podrían vivir sin ellos.

El tema resurge cada vez que hay un escándalo político. El último fue el que involucró a Linda Chávez, la primera nominada por George W. Bush, para ser secretaria de trabajo. Como todos sabemos, la nominación de Chávez se descarriló cuando se descubrió que ella había ayudado (y pagado) a una guatemalteca indocumentada a principios de los años 90. Un incidente similar le costó el puesto de procuradora en la administración de Clinton, a Zoe Bird.

Pero lo más frustrante de todo esto es que después de que explotaran los escándalos no se hizo nada para solucionar, de una vez y por todas, las enormes contradicciones de las leyes migratorias. En los Estados Unidos es ilegal contratar a un trabajador indocumentado. Sin embargo, la realidad es que todos, los 281 millones de norteamericanos, contratan directa e indirectamente a estos inmigrantes.

Algunos les emplean a pesar de sospechar o de conocer que no tienen sus documentos migratorios en orden. Ese es el caso de jardineros, niñeras, trabajadores de fábricas y campos de cosecha... Otros sencillamente, se benefician de su trabajo sin saberlo.

¿Quién puede levantar la mano en Estados Unidos y decir que no se ha beneficiado del trabajo de un indocumentado? Nadie. Nadie puede decir eso.

Cada vez que comemos frutas o verduras cosechadas por campesinos indocumentados, nos beneficiamos de aquello. Cada vez que vamos a un hotel donde algunos de sus empleados son indocumentados , nos beneficiamos. Cada vez que compramos o rentamos una casa construida por albañiles indocumentados, nos beneficiamos. Cada vez que transitamos por una calle o carretera hecha por indocumentados, nos beneficiamos. Cada vez...

En Estados Unidos viven alrededor de seis millones de inmigrantes indocumentados -el nuevo censo nos dará un cálculo más real y gracias a ellos la economía de este país es una de las más productivas del mundo. Los inmigrantes -legales e indocumentados- han contribuido enormemente a la prosperidad económica norteamericana. Hacen los trabajos que nadie más quiere hacer -son realmente indispensables en el campo y en el sector servicios-, mantienen baja la inflación, pagan impuestos, crean nuevos empleos y contribuyen con 10 mil millones de dólares anuales a la economía de Estados Unidos (según cifras de la Academia de Ciencias).

Entonces, si los indocumentados son tan útiles y necesarios en esta país ¿por qué se les ataca tanto?, ¿por qué no se les protege y se les da una amnistía? Bueno, para decirlo llanamente, por prejuicios raciales, etnocentrismo e ignorancia.

En Estados Unidos no hay plena conciencia del problema de los inmigrantes indocumentados. Pocos saben lo valioso que son. Y, por el contrario, muchas veces se les utiliza como chivo expiatorio.

Lo que urge es una amnistía general para estos seis millones de inmigrantes, para que se dejen de esconder, para que no vivan perseguidos. Lo que se requiere es una amnistía como la que normalizó la situación migratoria de tres millones de personas en 1986. Si el nuevo gobierno de Bush quiere ser “compasivo” con los más desamparados, pobres y desprotegidos de Estados Unidos (como propuso en su campaña electoral), tendría que promover y aprobar una nueva amnistía.

Pero eso, lo reconozco, no solucionaría el problema a largo plazo. Cada año entran ilegalmente y se quedan a vivir en Estados Unidos cerca de 300 mil inmigrantes. Esa corriente hacia el norte es imparable mientras sobren trabajos aquí y falten en América Latina. La migración indocumentada, más que un problema legal, es un problema económico.

Entonces sería preciso negociar un acuerdo migratorio entre los principales países expulsores de emigrantes de América Latina con Estados Unidos. México es el principal expulsor de personas hacia el norte; uno de cada seis mexicanos vive en estados Unidos, es decir, unos 20 millones.

Y lo más cerca a un acuerdo migratorio es la propuesta de un programa de trabajadores visitantes que recientemente discutieron los senadores republicanos Phil Gramm y Pete Domenici, con el presidente de México Vicente Fox, y varios miembros de su gabinete. Ojalá Bush y Fox logren amarrar algo.

Las actuales leyes migratorias de Estados Unidos promueven la hipocresía, generan violencia en la frontera, favorecen los abusos, pasan injustamente las responsabilidades del Servicio de Inmigración a los ciudadanos, no detienen el flujo migratorio hacia el norte ni ayudan a plantear una solución definitiva a largo plazo. Urge modificarlas y modernizarlas para el nuevo milenio.

Si todos los políticos norteamericanos que se han beneficiado, directa o indirectamente, de los indocumentados fueran obligados a dejar su puesto, no quedaría ni uno -¡ni uno solo!- en todo el país.

Posdata de los desastres. Muchos presidentes enfrentan durante su mandato un desastre natural importante. A Fox en México le tocó el volcán Popocatepetl. Leonel Fernández en República Dominicana tuvo el huracán Georges. Carlos Flores en Honduras y Arnoldo Alemán de Nicaragua se enfrentaron a los destrozos del Mitch. Con esos desastres los presidentes ponen a prueba su liderazgo. Hay dos ejemplos que no se deben seguir. En 1999 el presidente de Venezuela Hugo Chávez, desapareció durante varias horas en unos momentos cruciales tras las peores inundaciones ocurridas en décadas. Y el caso más patético es el de presidente mexicano Miguel de la Madrid, quien se tardó días en pedir ayuda extranjera tras el terremoto de 1985 en que murieron 10 mil personas; cuando rectificó, ya era demasiado tarde. Y ahora con el terremoto de El Salvador, Francisco Flores tiene que demostrar que está a la altura de las circunstancias y que puede levantar el país. Ningún desastre natural puede acabar con un buen líder.

El autor es periodista


Coyuntura decisiva:
Oswaldo Alvarez Paz

El “chavecismo” es consecuencia de casi dos décadas de cultura de concentración de poder político y económico

Lo peor del “chavecismo” es que está logrando despertar una cierta nostalgia por el pasado entre un creciente número de compatriotas hartos de las payasadas actuales. El capítulo de las pantaletas enviadas a los militares -con el deliberado propósito de recordarles que el acatamiento pasivo de las imposiciones de Chávez no es exactamente la conducta varonil que se espera de los soldados- en esta telenovela tragicómica que vivimos, revela las miserias humanas y los enormes complejos anidados en el alma de algunos que deberían ser ejemplo y guía de las instituciones bajo su responsabilidad; complejos y miserias inaceptables para cualquier venezolano decente; conductas impropias que dan vigencia a aquel viejo dicho criollo de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Lo decimos con auténtica preocupación. El “chavecismo” es consecuencia de casi dos décadas de exagerado presidencialismo, de centralismo entendido como cultura de concentración de poder político y económico en pocas manos, de partidismo agudo y, como resultado de todo ello, de comodidad, arrogancia, corrupción e incompetencia para atender las necesidades crecientes de una población indignada. Hugo Chávez es producto directo de esas aberrantes desviaciones que varios presidentes democráticos anteriores a él fueron incapaces de entender y corregir. No queremos regresar a eso. Dar marcha atrás al reloj sería reivindicar las causas de los males del presente. Retroceso insólito.

Pero igualmente grave sería permanecer cruzados de brazos frente al Gobierno más probadamente incompetente de nuestra historia. En nombre de una “revolución” se adelanta un calculado proceso de destrucción nacional, de arrase institucional y de inversión de valores que tenemos la obligación de enfrentar y combatir con todas las fuerzas a nuestro alcance. Hablo de un calculado proceso, porque en la base de las actuaciones gubernamentales, por incompetentes que sean, hay fuertes elementos ideológicos que Chávez ni oculta ni disimula. Estos elementos determinan el evidente privilegio que hoy existe en las relaciones con Cuba frente a Estados Unidos, con la narcoguerrilla colombiana ante el Gobierno de ese país, con los grupos desestabilizadores del área andina y del Caribe en contraposición con las instituciones democráticas de esas naciones. También la preferencia política hacia los Gobiernos desestabilizadores del Oriente medio y el menosprecio hacia los intereses de la Unión Europea. Hay un fuerte acento ideológico en los ataques de Chávez al sector privado, a las “oligarquías”, a la globalización, al mercado, a la educación privada, a la iglesia católica y, en fin, a su política de intervención estatal en todo mediante comisarios políticos que se denominan supervisores y a través de la administración caprichosa de los recursos, en una realidad en la que el Gobierno es el dueño y el señor del dinero y del crédito.

El remedio ha sido peor que la enfermedad. La consecuencia ya es causa originaria del agravamiento de todos los problemas anteriores y de otros nuevos, tanto o más graves que los existentes. El propio presidente ha sido extremadamente claro al atacar la democracia formal. Es decir, él mismo plantea que este proceso está fuera de los marcos legales de cualquier democracia representativa, alternativa y plural, conceptos que desprecia y contra los que sigue anunciando cambios “revolucionarios” en nombre de una transitoriedad jurídica y política.

Sinceramente no sé para qué ni para quién trabajan nuestras Fuerzas Armadas hoy. O son las responsables de la seguridad y de la defensa del país integralmente considerado, del respeto al orden jurídico y de la estabilidad de las instituciones o quieren ser ahora una simple fuerza miliciana, desordenadamente conducida como instrumento de esta revolución castro-zamorista que nos convierte en el hazmerreír del mundo.

El irrespeto a Bolívar tiene que terminar. Este proceso no puede verse con los ojos formales de la democracia representativa que Chávez se empeña en destruir. No se trata de un problema cuantitativo ni electoral; mucho menos de volver al pasado. Es algo distinto y superior a todo eso. Se trata de ser verdaderos parteros de un nuevo tiempo.

Firmas Press - Abogado y político venezolano

 
     

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