El arte dual de Mario Calvit
"Cabalgando con viento norte", técnica mixta, 1982.

 

 

 

 

 

 

 

"Revoloteos", escultura en hierro, 1996.

 

 

 

 

 

 

 

 

"Mujer paisaje", óleo, 104 x 129 cms, 1982.

 

 

 

"Estratos", escultura en hierro, 1980.

 

 

"Los manguitos", óleo, 1982.

 

 

 

"Paseo nocturno del prelado", óleo, 105 x 130 cms.

 

 

 

 

Adrienne Samos

Después de visitar la reciente retrospectiva de Mario Calvit en el Museo de Arte Contemporáneo, me queda la certeza de que ha cultivado dos vertientes estilísticas. No se trata tan solo de la vertiente abstracta por un lado, representada por la mayoría de sus esculturas y por sus cuadros de los 50 y 60, y de la figurativa por el otro, que surge con ímpetu a partir de los 70. En el arte del maestro panameño, nacido en 1933, predomina la intención formal, o bien la libre y espontánea, aunque ambas estén siempre presentes e incluso alcancen una notable síntesis en sus mejores trabajos.

El Calvit escultor y pintor abstracto revela a un conocedor de las corrientes de la época en América Latina y Europa, pero que no se ciñe a ninguna escuela en particular. Por su aliento misterioso, exaltado, y formas que en ocasiones sugieren códigos indescifrables, se evidencian vínculos con el informalismo del peruano De Szyszlo, así como el de la boliviana María Luisa Pacheco, porque a menudo sus masas conviven con grandes fondos vacíos. Por otra parte, las obras de Calvit poseen afinidades con cierto constructivismo sudamericano y ruso, avecinándose, por ejemplo, mucho más a las formas orgánicas del escultor colombiano Negret que al rigor conceptual del grupo Madí argentino, más al espíritu libre de Gabo y Pevsner que a los utilitarios Tatlin y Rodchenko.

Sin duda, el vigor expresionista de toda su producción lo enajena de la tajante geometría y postulados del constructivismo más riguroso, pero a mi parecer ciertos factores definen a Calvit como el panameño que más se ha acercado, formal y espiritualmente, a esta tendencia tan importante para el arte del siglo XX. Factores que incluyen el empleo plural y exhaustivo del metal, ya sea doblado, soldado, fundido, martillado o ensamblado; la abstracción de la realidad mediante el uso, distorsión o fragmentación de formas elementales, como la línea, el rectángulo o el círculo; y la creación de estructuras que pretenden ser ‘‘imágenes vitales del espacio y del tiempo’’, como diría Gabo. Además, en la obra de Calvit se percibe la voluntad humanista del clásico seguidor del constructivismo: aprehender la naturaleza del mundo físico y proyectarla mediante objetos concretos que expresen la subjetividad individual (en el caso de Calvit y otros) o colectiva.

La curaduría, a cargo de Pedro Luis Prados, pareció mejor concebida en la sala que reunió obras de las primeras tres décadas de la producción de Calvit. La ubicación contigua de las abstracciones escultóricas y las pictóricas fue un gran acierto, ya que mostraba claramente al espectador su íntima correlación. Ambos géneros ostentan un ritmo seguro, mesurado pero dinámico, de formas abiertas, con el tempo y la variación tonal de cierta música muy en mente, como lo confirman algunos títulos. En su pintura, los volúmenes o ensamblajes (término que escogió para titular un estupendo abstracto en rojos, pero que igualmente definen sus esculturas) están construidos con firmeza, concentrándose en masas y dejando espacios libres, o proyectándose por todo el plano pictórico. En un país de escasa tradición abstracta, es difícil saber qué tanto ha influido Calvit en nuevas generaciones, pero una cosa es innegable: sus estoicos óleos con monolitos pétreos de densas texturas, flotando en un vacío gris (representados en la retrospectiva por un cuadro del 62), sentaron un precedente decisivo en la obra poética y misteriosa que la artista panameña Teresa Icaza desarrolló en los 80.

La admirable escultura de Calvit —que gana más cuando saca provecho de la crudeza del metal, en lugar de los acabados demasiado brillantes o artificiosos—puede dividirse en varios tipos. Sus figuras masculinas se inspiran en Giacometti y también derivan de sus propios dibujos. Luego están las piezas abstractas que sugieren gran movimiento y que a su vez se subdividen en aquellas de formas contundentes cuya aparente solidez contrasta con sus curvas y dobleces (Estratos); las que parecen intrincados garabatos en el aire (Composición en fuga); y las de fuertes líneas diagonales extendiéndose hacia el espacio, a veces contenidas en un rectángulo tridimensional cuya forma rígida simula un cajón hueco que se contrapone al movimiento vertiginoso e irregular en su interior (Revoloteos). De manera similar, círculos enmarcan dinámicas abstracciones forjadas en metal (Desagüe). Luego están las piezas que integran formas más estáticas, ya sea mediante objetos distorsionados, como su serie de delicadas flautas, o ensamblajes abstractos trabajados con esmero en el detalle y erguidos como monumentos a lo desconocido (Código). Digo monumentos, pero en realidad el trabajo escultórico de Calvit es más bien anti-monumental. Sus creaciones, todas en pequeño formato, delatan una modestia que no coincide con la belleza y la fuerza de varias de ellas, las cuales, en mi opinión, calificarían como escultura pública del mejor nivel.

Su constante preocupación por desarticular el espacio pictórico, contraponiendo masa y vacío, se transfiere paulatinamente al terreno figurativo. La pintura en esta nueva etapa se vuelve mucho más gestual y fluida. La precisión anatómica no importa. (De hecho, salvo algunas excepciones notables, la sala superior que exhibe sus dibujos muestran a Calvit como un agudo observador de grandes dibujantes, tan disímiles como Cuevas o Portocarrero, pero no a un virtuoso en este medio. Sus mejores trabajos no son los más acabados en factura, sino los más inquietantes y ambiguos, de cuerpos desmembrados y oscuros sombreados, en los que, como dije antes, probablemente se ha inspirado para sus propias esculturas figurativas.) Las siluetas parecen haberse trazado de manera rápida para contener el agitado movimiento interior, compuesto de manchas y patrones sueltos en una gama cromática restringida. Desde el comienzo de esta etapa figurativa, Calvit da la impresión de haber convertido la suya en una abstracción ‘‘humanizada’’ (aunque nunca fue otra cosa, a decir verdad). Estos personajes y caballos (que sospecho son metáforas del ser humano, o del mismo artista) reflejan menos objetividad que interioridades mentales y anímicas. Calvit no solo pinta formas dentro de los contornos del cuerpo: lo distorsiona, le agranda el cerebro e incluso lo ‘‘abre’’ para sacar fuera toda esa agitación que va creando con el pincel (Doncella). Como en su escultura, la superficie es clave en su pintura, de cualidades táctiles.

La retrospectiva solo exhibió un cuadro plenamente surrealista, con fecha del 78 y titulado, sin rodeos, Sueño. Sin embargo, hay en todo su trabajo figurativo un hálito onírico muy patente, reforzado por la voluntaria irresolución de sus cuadros. El miedo al vacío de muchos artistas los previene del peligro de caer en la simpleza, pero Calvit ha decidido caminar sobre esa cuerda floja. En sus cuadros mejor logrados, la sensación de que algo falta, de que hay espacios no resueltos, tientan al espectador a completar la escena con la imaginación y constituye una de las características más enigmáticas y seductoras de su arte.

"Isla flotante", óleo, 1994. "Paisaje", óleo, 46 x 36 cms, 1989.
"Mujer", óleo, 26 x 64 cms, 1981.

 

 

 

"Escultura", hierro, 1981.

 

Es en sus paisajes que Calvit logra con mayor frecuencia esa síntesis de las dos vertientes estilísticas a la que aludí al principio. Tanto en su vena más realista (Manguitos), como en la más abstracta (Isla flotante), el paisajismo parece ofrecerle la serenidad que requiere para evitar el efectismo, lograr la depuración de lo superfluo y ese preciado equilibrio entre la forma espontánea y la construida. Pero quizás el cuadro que mejor reúne todas esas condiciones y que a mi parecer constituye una de las verdaderas obras maestras del arte panameño por su exquisita simplicidad y perfecto balance de forma y color, es a la vez una mezcla de paisaje, abstracción y figuración. Se trata de un cuadro muy pequeño de 1982, Cabalgando con viento norte (¿autorretrato?), que ilustra la portada del catálogo de la retrospectiva (editado por Ramón Oviero) y que también escogimos para la portada de esta edición de Talingo.

Por todo lo arriba expuesto, no hay duda del valor que para los panameños ha tenido esta retrospectiva de Mario Calvit, que reunió obras producidas a lo largo de cincuenta años. Fallas hubo, claro, y muchas, no creo que por falta de trabajo, sino del tiempo necesario que una empresa titánica como esta exige. Solo mencionaré las más obvias. En primer lugar, resultó un dolor de cabeza enfrentar la excesiva saturación de pinturas en la sala principal, con un sinnúmero de acrílicos de colores ácidos y extremado simplismo de los últimos años. Preferible haber organizado una muestra paralela de su obra reciente en una galería comercial. Y en segundo lugar, aunque el espectador podía detectar la evolución del arte pictórico de Calvit, lamentablemente ello fue imposible con las esculturas, ya que todas las fichas que las acompañaban carecían de fechas (y de técnica). No obstante, con todo y fallas, esta retrospectiva de medio siglo de trabajo nos demuestra que Mario Calvit ha seguido pacientemente su camino al margen de las modas y con firme voluntad de clarificar, hasta la esencia misma, su visión del mundo y, no menos importante, de sus propios sueños.

 

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